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Obama cedió ante Wall Street; la reforma financiera no fija límites

18 juliol, 2010 - Entitats financeres

David Brooks La Jornada
Hay algo muy sospechoso en el hecho de que nadie está llorando en Wall Street 24 horas después de que Washington aprobó lo que se anuncia como reforma histórica para evitar una repetición de las maniobras del sector financiero que derivaron en la peor crisis económica desde la Gran Depresión.
Frente a la celebración de la Casa Blanca y el liderazgo demócrata en el Congreso por la aprobación de la reforma financiera, tal vez lo más revelador es que, en lugar de luto en Wall Street, no hubo ninguna señal de alarma ni de derrota.
De hecho, el mismo día que se aprobó la reforma, la Comisión de Valores (SEC), la agencia gubernamental reguladora de Wall Street, impuso la multa más grande –550 millones de dólares– en la historia a un banco de inversiones, la poderosa Goldman Sachs, a raíz de acusaciones civiles de que engañó a clientes para invertir en valores respaldados por hipotecas que la propia Goldman apostó a que fracasarían, ganándose, junto con su socio Paulson & Co, mil millones de dólares. Ese tipo de valores tóxicos fueron los que ayudaron a detonar la peor crisis en más de 70 años.
Al anunciarse la sanción, las acciones de Goldman subieron de 140 a 152.60 dólares. Paga una multa por 550 millones (equivalente a 15 días de ganancias durante 2009), pero el valor de sus acciones se eleva a un total de 800 millones el mismo día.
Críticos señalan que a empresas del tamaño de Goldman no les preocupa pagar esas sanciones y tampoco las implicaciones de la reforma financiera, pues lo entienden como parte de los costos de hacer negocio.
Sin embargo, el presidente Barack Obama celebró ayer la aprobación de la reforma: con ésta nunca jamás se pedirá al pueblo estadounidense pagar la cuenta por los errores de Wall Street. No habrá más rescates financiados por los contribuyentes. Punto. Pero algunos lo dudan.
El pueblo estadounidense continuará pagando la cuenta por los errores de los bancos más grandes de Wall Street, porque la legislación no hace nada para reducir el poder económico y político de esos gigantes, afirmó Robert Reich, ex secretario de Trabajo durante la presidencia de Bill Clinton y profesor de políticas públicas en la Universidad de California en Berkeley. “No impone un límite sobre su tamaño, no resucita la ley Glass-Steagall, que alguna vez separaba la banca (normal) comercial de la banca (de casino) de inversiones. En corto, no hace nada para cambiar la estructura básica (de los bancos). Y por esa razón otorga una póliza de seguro federal contra el fracaso a los bancos más pequeños –agregando así a su poder económico y político en el futuro”, escribió en su blog.
Reich y otros insisten en que mientras no se limite el tamaño y poder de los bancos más grandes, algo que no hace esta modificación, permanece en su lugar un chantaje resumido en la frase demasiado grande para fracasar –o sea, un gobierno no puede permitir el fracaso de empresas financieras gigantescas por su impacto devastador en la economía, justo lo que obligó a su rescate por el gobierno federal.
A la vez, economistas como el premio Nobel Paul Krugman argumentaban que la reforma financiera tenía que incluir la conformación de una agencia federal independiente de protección al consumidor en el sector financiero, lo que Obama inicialmente integró a la propuesta, pero que no sobrevivió como tal en la norma aprobada (en su lugar se crea una agencia para esa tarea dentro de la Reserva Federal, algo que los críticos dudan podrá cumplir con esa misión).
El economista Doug Henwood, editor de Left business observer y experto en Wall Street, comentó a La Jornada: sería una exageración decir que la reforma es nada, pero también llamarla transformación mayor del paisaje financiero. Señaló: aunque la legislación cambiara a cierto grado la forma en que Wall Street hace negocios, los banqueros lograron que se descartaran las peores amenazas para ellos, y los analistas de valores calculan que el efecto sobre las ganancias será menor a 10 por ciento del total.
Al reportarse ayer la aprobación de la reforma, se notó que sólo un demócrata en la cámara alta votó en contra (tres republicanos se sumaron para superar los 60 sufragios necesarios para asegurar la aprobación de la enmienda). Ese fue el senador liberal Russ Feingold, de Wisconsin. Pocos reprodujeron su explicación: las prácticas imprudentes de Wall Street detonaron la peor recesión desde la Gran Depresión y dejaron con la cuenta a millones de estadounidenses. A pesar de estos eventos cataclísmicos, Washington cedió de nuevo ante Wall Street en asuntos claves y elaboró una legislación que fracasa en proteger al pueblo estadounidense del dolor de otro desastre económico.
Triunfo político
Pero aún con todas las críticas a los límites de la reforma en sí, no cabe duda de que la aprobación de la reforma es un triunfo político de primera magnitud para Obama.
Él y su equipo enfrentaron una formidable oposición: el sector financiero gastó casi 600 millones de dólares en cabildeo para diluir la reforma y buscar descarrilar aspectos, y ganó en algunos frentes, mientras los republicanos se mantuvieron unidos en intentar bloquear cada paso (sólo tres de sus filas votaron en favor al final). Sí lograron diluir y anular propuestas claves, pero ahora Obama y algunos demócratas usarán el triunfo en el ámbito político y electoral.
Al promulgar la ley –la semana próxima–, Obama y los demócratas reiterarán que esa modificación es la más ambiciosa para el sector financiero en décadas. Algunos ya la comparan con iniciativas de los tiempos de Franklin Roosevelt. También intentarán emplear el logro para vincularse con la ira popular contra los banqueros.
De hecho, es su tercer triunfo legislativo en su agenda política en los últimos 18 meses, después del paquete de estímulo económico por 787 mil millones de dólares el año pasado y la recién promulgada reforma de salud, que de alguna manera otorgó un seguro mínimo de salud a 32 millones de personas.
Pero a pesar de todos estos logros, encuestas recientes continúan registrando frustración entre el electorado con el gobierno de Obama, lo cual tiene que ver con las tasas elevadas de desempleo y pesimismo en las perspectivas económicas. Todo ello nutre los pronósticos de posibles derrotas en las elecciones legislativas de noviembre para el partido del presidente, que podría acabar con el control demócrata de parte y tal vez todo el Congreso, lo cual tendría consecuencias dramáticas para la segunda parte del mandato presidencial de Obama.

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