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Obama ignora a quienes no debería

18 agost, 2010 - EE.UU.

Paul KrugmanEl País (Montevideo)
¿Por qué el Gobierno de Obama sigue buscando amor en todos los lugares equivocados? ¿Por qué se esfuerza en alejar a sus amigos, mientras trata de atraer a gente que siempre se mantendrá firme en su odio?
Estas preguntas están inspiradas en el suspenso actual en cuanto a si el presidente Barack Obama hará lo obviamente correcto y nombrará a Elizabeth Warren para dirigir el nuevo organismo de protección al consumidor financiero. Sin embargo, el asunto Warren sólo es el capítulo más reciente de la saga en curso.
Obama llegó al cargo montado en una vasta ola de entusiasmo progresista. Este entusiasmo estaba destinado a que lo siguiera la desilusión, y no sólo porque el Presidente siempre fue más centrista y convencional de lo que imaginaron sus fervientes partidarios. No sería el personaje transformador que se habían imaginado algunos, dados los hechos de la política, y, sobre todo, la dificultad para lograr hacer cualquier cosa de cara a la rigidez de la oposición republicana.
Y Obama ha cumplido en formas importantes. Sobre todo, se las arregló (con muchísima ayuda de Nancy Pelosi) para promulgar una reforma sanitaria que, imperfecta como es, mejorará enormemente la vida de los estadounidenses; a menos que un Congreso republicano se las ingenie para sabotear su implementación.
Sin embargo, la desilusión de los progresistas no es una cuestión de expectativas por las nubes que se topan con la realidad prosaica. La amenaza de tácticas dilatorias no obligó a Obama a ser evasivo sobre la tortura; a escalar en Afganistán; a decidir, con exquisito mal tino, flexibilizar las normas para perforar en alta mar a principios de este año.
Y también están los nombramientos. Sí, el gobierno necesitaba manos experimentadas. Empero, ¿todos los integrantes seniors del equipo económico tienen que ser protegidos de Robert Rubin, el apóstol de la desregulación financiera? ¿Era necesario instalar a Ken Salazar en el Departamento del Interior por encima de las objeciones de ambientalistas que temían, correctamente, que sus relaciones con la industria extractiva lo hicieran tardarse en limpiar una dependencia corrupta?
¿Y dónde está el Frances Perkins de este Gobierno? Como secretario del Trabajo de Roosevelt, Perkins, un cruzado de tiempo atrás a favor de los derechos de los trabajadores, sirvió como un símbolo del compromiso con el cambio del New Deal. No tengo nada contra Hilda Solis, la actual secretaria del Trabajo; pero ni ella ni ningún otro personaje senior del Gobierno es un progresista con la suficiente estatura independiente para tener ese tipo de función.
¿Qué explica el constante desaire de Obama hacia quienes hicieron que sea lo que es? ¿Teme que sus enemigos usarían cualquier apoyo a personas o ideas progresistas como excusa para denunciarlo como un extremista de izquierda? Bueno, como se habrán dado cuenta, no necesitan tales excusas: lo han descrito como un socialista porque promulgó el plan de atención de la salud de Mitt Romney, como un enemigo virulento de las empresas porque se ha sabido que mencionó que, a veces, las corporaciones se comportan mal.
El punto es que los intentos de Obama para evitar la confrontación han sido contraproducentes. Sus oponentes siguen llenos de una intensidad apasionada, mientras que sus partidarios, al no recibir ningún respeto, carecen de toda convicción. Y en unas elecciones intermedias, donde la participación es crucial, “la brecha de entusiasmo” entre republicanos y demócratas podría augurar una catástrofe para la agenda de Obama.
Lo que me remite a Warren.
El debate sobre la reforma financiera, en el que el Partido Republicano ha tomado partido por los chicos malos, debería ser un ganador político para los demócratas. No obstante, gran parte de ella es profundamente técnica: “¡Mantener el requisito de que las transacciones con derivados se hagan en las bolsas de valores!”, no cabe en una manta.
Sin embargo, proteger a los consumidores, asegurarse de que no sean las víctimas de prácticas financieras depredadoras, es algo a lo que se puede relacionar el electorado. Y elegir a una prominente defensora del consumidor para dirigir a la dependencia que proporciona esa protección -alguien cuyo activismo y cuya erudición fueron, en gran medida, causantes de la creación del organismo- es la acción natural, tanto sustancial como políticamente. Entre tanto, la alternativa -decepcionar una vez más a los partidarios al elegir a un tecnócrata poco conocido- parece un error evidente.
Así que, ¿por qué hay dudas al respecto todavía? Sí, los republicanos bien podrían intentar aplicar tácticas dilatorias para el nombramiento de Warren, pero es una pelea que debería agradecer el gobierno.
Está bien, realmente no sé qué está pasando. Sin embargo, me preocupa que Obama todavía esté envuelto en su sueño de trascender el partidismo, mientras que a sus asesores les desagrada la idea de tener que lidiar con voces fuertes e independientes. Y el resultado final de estos jueguitos es un gobierno que parece determinado a alejar a sus amigos.
Sólo para ser claros, los progresistas serían unos tontos si no participan en estas elecciones: Obama puede no ser el político de sus sueños, pero sus enemigos son definitivamente material de sus pesadillas. Sin embargo, Obama también tiene una responsabilidad. No puede esperar un fuerte apoyo de personas a las que su gobierno sigue ignorando e insultando.
Fuente: The New York Times

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