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Oteando el futuro

11 setembre, 2009 - Opinió

David Ibarra La Jornada Morelos
Desde Kuhn el relativismo de los paradigmas científicos o culturales los concibe como acuerdos de especialistas sobre el contenido, predicciones y hasta prescripciones de las diversas disciplinas. Los paradigmas reputados como científicos han de satisfacer normas de replicabilidad, así como ser validados empíricamente en su capacidad de predecir o controlar los fenómenos planteados en la teoría. En las ciencias naturales la evidencia empírica sirve para persuadir sobre la validez del paradigma. En economía se procede de manera  distinta, primero se examina la validez deductiva del paradigma a partir de premisas subjetivas o no siempre realistas y luego se aducen pruebas empíricas generalmente parciales.
En consecuencia, los cambios paradigmáticos en la economía no siempre resultan de planteamientos que perfeccionen la formulación anterior o que den una mejor explicación del comportamiento de ciertos fenómenos humanos. Invariablemente ofrecen verdades, anhelos sociales e individuales, entremezclados y sintetizados en planteamientos ideológicos atractivos. Aun así, cuando tienen alcance universal, esto es, cuando abarcan a ciudadanos y países desempeñan la función esencial, indispensable, de imprimir orden en las relaciones económicas internacionales, atendiendo prioritariamente a la visión e intereses de las naciones líderes. Por eso, los cambios de los paradigmas económicos universales siempre contienen elementos ideológicos que justifican alteraciones en la composición de los grupos beneficiados, promesas de un mejor futuro o negación de disonancias históricas inevitables en los países subordinados.
En el sentido anotado, la sustitución del paradigma keynesiano por las tesis neoliberales, compendiadas en el Consenso de Washington, pretenden extender y afianzar la organización económica de mercado, haciéndola más y más independiente de los gobiernos y de las mismas especificidades nacionales. Hay un tufo antidemocrático en la predisposición a sostener que las decisiones individuales ‑con alguna excepción, tratándose de bienes públicos‑ resultan siempre superiores a las decisiones colectivas. A su vez, se afirma que la globalización entendida como la eliminación de fronteras económicas conduce a resultados económicos imposibles de conseguir a escala de los mercados nacionales, aunque se pasan por alto sus efectos distributivos y los costos políticos  de la autonomía constreñida de los gobiernos.
En consecuencia, alcanzar la supremacía del mercado llevó a desplazar los objetivos del bienestar social, el empleo o el crecimiento por metas instrumentales que la hicieran posible: liberalizar, estabilizar, privatizar. Así, la sabiduría del mercado ha de prevalecer sobre los designios estatales, frecuentemente proclives, se afirma, al error y a la corrupción.
En materia de política fiscal se proclaman las ventajas del equilibrio presupuestal en cualquier circunstancia, la supresión de aranceles y subsidios, la reducción de los impuestos directos, la restricción al crédito público. Por tanto, se suprimen el grueso de las funciones contracíclicas y desarrollistas de los estados, haciendo de la política monetaria de bancos centrales independientes la columna vertebral de las políticas macroeconómicas. Al propio tiempo, se recomendó o impuso la liberación financiera interna y externa, validando la hipótesis de que los mercados disponen de la información más completa para asignar de manera óptima los recursos financieros (Efficient Market Hypothesis). Así, el paradigma neoliberal tanto desde el ángulo fiscal como del financiero erradica los apoyos centrales de las políticas industriales y del empleo.
“…La crisis financiera global pone en entredicho al canon neoliberal y la forma de concebir
hasta ahora a la globalización…”
En lo que toca a la política social, el paradigma establecido le asigna un papel subordinado con respecto a las estrategias económicas. Cuando más, se admite la formulación de programas que alivien a la pobreza generada por el propio modelo económico, pero sin conceder derechos sociales exigibles ni justificar acciones que la erradiquen por encima de los objetivos estabilizadores.
Sin embargo, al cabo del tiempo, las tercas realidades acaban por imponerse a las construcciones sobrecargadas de ideología. La crisis financiera global pone en entredicho al canon neoliberal y la forma de concebir hasta ahora a la globalización. No existe aún consenso entre los gobiernos, ni entre los especialistas, sobre los cambios paradigmáticos que debieran implantarse, ni sobre las salidas a la primera recesión sincrónica de alcance planetario. Algunos ven el problema como un ciclo recesivo quizás más agudo, pero sin implicaciones que fuercen al reemplazo de las instituciones o poderes económicos dominantes: el sistema de mercado prevalecerá sin alteraciones sustantivas.
Por supuesto, hay opiniones que postulan transformaciones mayores en los sistemas económicos y políticos del mundo. La corrección de los excesos y las inestabilidades de los mercados libres llevarán a modificar los valores y las normas que conforman los sistemas de gobierno del futuro. Tales tesis reconocen que el neoliberalismo, junto a la volatilidad de los mercados, concentró los beneficios económicos en los estratos de alto ingreso, debilitó los impulsos al crecimiento e hizo del consumismo ‑con su secuela de sobreendeudamiento de familias y gobiernos- la fuente fundamental de un crecimiento disparejo, volátil e insostenible, aun entre los miembros del Primer Mundo.
Por difícil que sea anticipar con alguna precisión el futuro, cuando se contrastan las reglas del canon neoliberal con las políticas públicas de los países líderes en respuesta a la depresión y se observa la traslación paulatina de las capacidades económicas del mundo, es posible inferir el sentido general de las mudanzas en gestación.
El criterio neoliberal de acotar al máximo el ámbito de acción económica de los estados, queda vulnerado por las medidas anti-crisis de múltiples gobiernos, sea para revitalizar la demanda, rescatar a instituciones financieras o apoyar a grandes empresas en peligro de quiebra. Como consecuencia, la supuesta eficiencia de los mercados en comparación con el Estado queda en entredicho y las fallas, en vez de ser resueltas por los propios mercados, requieren de la intervención pública. Como cualquier institución humana, ahora Estado y mercado resultan falibles.
También, ha sido rebasada la premisa neoliberal del equilibrio presupuestal y de sus propósitos, no sólo para favorecer la estabilidad de precios, sino también para reducir la autonomía económica de los gobiernos y trasvasar el meollo de la administración macroeconómica a la política monetaria. Aquí se pasó por alto la nula capacidad regulatoria de las políticas monetarias cuando las tasas de interés alcanzan límites cercanos a cero, sea para evitar la recesión o contener la deflación.
En efecto, los bancos centrales usaron inútilmente sus instrumentos ordinarios de acción frente a la crisis: redujeron las tasas de interés y pusieron a disposición del sector financiero liquidez acrecentada; aligeraron las regulaciones de elegibilidad del redescuento y de las garantías colaterales. Desesperados, contravinieron a los criterios de limitar el financiamiento a los gobiernos y de no hacer operaciones con negocios privados. Al efecto, echaron mano de medidas extraordinarias: adquieren acciones o partes sociales de empresas, compran deuda privada, toman instrumentos de deuda pública o inyectan recursos al rescate de negocios empresariales, acciones, muchas veces financiadas con la simple emisión monetaria .
En suma, el Primer Mundo incorpora medidas monetarias heterodoxas, así como instrumentos keynesianos en contravención al monetarismo de pura cepa, venciendo, incluso, la repulsión a los presupuestos desequilibrados y al proteccionismo. Las previsiones del FMI, anticipan el déficit presupuestal promedio de los países industrializados en casi el 9% de sus productos en 2009 (13.6% sólo en los Estados Unidos y un déficit acumulativo de 9 miles de millones de dólares en la siguiente década). El propio FMI recomienda a los gobiernos incrementar keynesianamente su gasto en 2% del producto, como medida indispensable a la recuperación de la demanda mundial. Diecisiete de los miembros del G-20 han instrumentado alguna medida proteccionista. Muchos gobiernos forzados o de mutuo propio, emprenden acciones que comienzan a generar devaluaciones competitivas y volatilidad en los mercados cambiarios. En contraste, las autoridades mexicanas siguen imperturbables desgravando importaciones y revaluando hasta donde pueden  el peso.
Por otro lado, la globalización con todos sus efectos positivos, trajo consecuencias imprevistas, no siempre favorables. Una primera, consiste en alentar desequilibrios enormes en las corrientes del comercio entre países que se compensan con flujos financieros inversos, ambos insostenibles en el largo plazo. A su vez, la alta movilidad de la inversión y de los recursos financieros dieron enorme ventaja a las empresas y crearon el “outsourcing” global del empleo, una de las causas del retraimiento generalizado de los salarios respecto a las utilidades en el mundo.
Alrededor de 2.7 miles de millones de personas viven con ingresos inferiores a dos dólares por día y la pobreza se acrecienta en muchas latitudes. Con diferencias entre naciones, el desempleo y la desigualdad de ingresos ahoga al mundo, aun en los países industrializados. Dos tercios de los miembros de la OECD han visto acentuar sus disparidades distributivas, a paso y medida que ha decaído la influencia política y la participación de los trabajadores en el producto. Los países emergentes más exitosos han reducido la pobreza, pero han visto recrudecerse en alto grado la desigualdad.
La tercera consecuencia de efectos a más largo plazo, se sintetiza en la reconfiguración de los centros de poder económicos del mundo. Las matrices productiva, del comercio exterior y de las finanzas se traslada de Occidente a los países del este y sur de Asia. Ya en 2006, el valor agregado de China y La India rebasaba a los dos tercios de la economía norteamericana o al 70% de la zona del euro. Acaso, ya ha comenzado un proceso de transferencia de la primacía económica hacia esos países, semejante a la que ocurrió en tiempos pasados entre Holanda e Inglaterra y después entre este último país y los Estados Unidos.
“…El Estado mínimo deja de ser aspiración viable
o razonable en términos económicos y políticos,
así como la confianza en
la capacidad autocorrectiva
de los mercados…”
Las naciones del Primer Mundo abandonan el papel de proveedoras de ahorros a los países periféricos para facilitar su desarrollo y, a la vez, mantener la disciplina del orden económico internacional. Hoy parece prevalecer la situación inversa por cuanto es el ahorro de los países del Tercer Mundo, el que sostiene la inversión y el consumo de muchas naciones industrializadas. Y, sin embargo, ello no se refleja todavía en las instituciones políticas y las normas del orden económico mundial ni en las posiciones directivas de los organismos multinacionales.
Como dije, no puede predecirse el término de la depresión mundial ni los cambios en normas e instituciones que sobrevendrán. Sin embargo, la dirección general de las mudanzas parece menos imprecisa. Sin duda, sufrirán alteraciones sustantivas, los modelos de desarrollo tipificados sea por la división entre las funciones del Estado y del mercado, o por la inclinación de las políticas de desarrollo entre las exportaciones o el consumo interno. El Estado mínimo deja de ser aspiración viable o razonable en términos económicos y políticos, así como la confianza en la capacidad autocorrectiva de los mercados. A su vez, las experiencias exitosas de muchos países asiáticos parecen marcar el regreso de las políticas industriales y del empleo. Todo ello, constituye el preámbulo de un nuevo acomodo entre sociedades y mercados que llevará consigo oleadas de innovación institucional.
Seremos testigos, quizá participantes, de intensas confrontaciones ideológicas. Quiérase o  no, las mudanzas en las políticas públicas, llevan a configurar nóminas distintas de ganadores y perdedores del juego económico que  inevitablemente implica la ruptura de intereses creados. Así lo demuestra la recia oposición a la regulación de las remuneraciones de los funcionarios del sector financiero o los escollos levantados en contra de la reforma al sistema norteamericano de salud, propuestas ambas por el presidente Obama. O la confrontación de remedios y perspectivas entre los países líderes que redujo los alcances de las medidas anti-crisis de la cumbre del  G-20.
Aun así, el manejo macroeconómico de los gobiernos sufrirá paulatinamente por igual cambios de significación. El monetarismo habrá de reconocer sus limitaciones y abrir las puertas a la colaboración y hasta al predominio de las políticas fiscales, regulatorias e intervencionistas de los estados. No se abandonará la lucha por la estabilidad de precios, pero cobrarán estatura los objetivos del empleo o del crecimiento.
En una palabra, el péndulo histórico ha invertido su curso, la política gana algo del terreno arrebatado por dictados económicos inapelables. Comienza el fin de la época de la desregulación y de la extrema libertad de los mercados; crece la convicción de que el crecimiento no tiene por qué ir acompañado de desigualdad o desempleo y que un Estado activista, con mayor autonomía, es condición ineludible a la estabilidad de las economías y al bienestar de las poblaciones. En particular, la educación y la salud recibirán considerable prelación. En contraste, el sector financiero quedará sujeto a normas más estrictas, sea para moderar o evitar las burbujas de los activos, someter a escrutinio a la banca de inversión y los fondos de riesgo o frenar al apalancamiento excesivo de sus instituciones.
Habrá que esperar el impacto de la crisis y de sus remedios en el futuro papel del sector financiero de las economías del Primer Mundo y los alcances de su difusión internacional. Como mínimo, se atenuará la influencia de los fondos bancarios y de inversión en hacer de la maximización del “shareholder  value”, el objetivo único de todas las instituciones y empresas bajo su férula. Con alta probabilidad se reducirán los estipendios escandalosos de los altos mandos financieros y el libertinaje de los paraísos fiscales. De la misma manera, en el campo fiscal el péndulo tenderá a inclinarse por acrecentar los tributos directos a los grupos adinerados, como a compensar los deterioros del gasto social o de los sistemas de pensiones. En el campo internacional acabarán por imponerse cambios al orden global con mayores ingredientes normativos globales y con participación política ampliada de los países en desarrollo.
En materia de política nacional, será difícil que ciudadanos de países democráticos continúen avalando el desempleo, la prolongación del proceso de concentración de ingresos, permitan pasivamente la volatilidad económica o los ciclos destructivos recurrentes, así como la erosión ascendente de la autonomía de los gobiernos. De ahí, la creciente inclinación de legislaturas y gobiernos por  mejorar los instrumentos de protección a poblaciones y economía, en desmedro de las soluciones puras de mercado.
Es posible que las medidas tomadas por la mayoría de las naciones industrializadas pronto hagan tocar fondo a la crisis global e incluso que puedan restablecer parcialmente el status quo ante del sector financiero. Aun así, la depresión será prolongada al depender de la reconstrucción pausada de instituciones y políticas públicas a escala nacional y universal. Vivimos una inflexión histórica, un gatopardismo invertido, en que nada volverá a ser lo mismo, aunque se quiera resaltar el parecido. De nueva cuenta, México ha de sufragar los costos de adaptación al cambio paradigmático que se nos viene  encima y asumir riesgos para no quedar otra vez rezagado.

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