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¿Peca el parado tomando vacaciones?

21 març, 2009 - Treball

José Antonio Pérez – Observatorio de Renta Básica de Ciudadanía de ATTAC Madrid
Un columnista de un periódico del mundo de los negocios se hacía eco del insidioso rumor de que, en estos momentos de aguda crisis económica, hubiera personas en situación de desempleo aprovechando esta coyuntura para conocer mundo. “Me acaba de llamar indignado un amigo. Me asegura que conoce a personas que están usando el subsidio de paro para viajar por el mundo. Renuevan por internet el subsidio y aprovechan haberse quedado sin trabajo para vivir, que son dos días. Su indignación, que comparto, es que los que seguimos trabajando estamos financiando las ‘excedencias’ de los parados.” (Martí Saballs, Expansión, 06-03-2009)
Tanto la sospecha de que haya parados viajando por el mundo como la indignación mostrada ante ello pertenecen al género de la moral farisaica. Es decir, la que hace gala de la más absoluta hipocresía. En primer lugar, es bastante dudoso que una persona con un presupuesto de 428 euros, que es la cuantía mensual del subsidio por desempleo se pueda permitir el lujo de marcharse de vacaciones. Y mucho menos rumbo a destinos lejanos, para conocer mundo. Nos podemos dejar los ojos en la pantalla buscando en internet ofertas de agencias turísticas low cost y no encontraremos ‘chollos’ que encajen en ese presupuesto. Las agencias de viajes deberían contratar a estos críticos del comportamiento ajeno para que expliquen cómo es posible hacer turismo con tal presupuesto. Pero se me ocurre una hipótesis alternativa para explicar ese éxodo vacacional que escandaliza a algunos: los parados se marchan a países infradesarrollados donde el coste de la vida es inferior, para poder subsistir. Ya que en España es bastante difícil vivir con una renta como la que ofrece el subsidio, situado por debajo del umbral de la pobreza que utiliza la OCDE.
Sin embargo, una renta mensual de 428 euros sería considerada una verdadera fortuna en muchas zonas del planeta. En el Bangladesh rural una familia de cuatro miembros calculó que gastaban unos 80 centavos de dólar al día en comida y combustible, lo que les permite comprar y cocinar dos comidas de arroz y judías, así como una porción ocasional de carne. Los costes médicos ascienden a 3,3 centavos al día (112 dólares al año), principalmente en medicinas para la tos y los catarros del marido. Otros gastos familiares incluían 4,1 centavos al día en ropa (115 dólares al año), 1,6 centavos en libros escolares (66 dólares al año) y 2,2 centavos (88 dólares al año) en visitar y entregar regalos a familiares. Es decir, la salud familiar y los costes de alimentación suponían más del 90% de los gastos básicos del hogar.
Mucho me temo que estos severos críticos del comportamiento ajeno no tienen la menor idea sobre que están opinando con tanta ligereza. En primer lugar, el subsidio por desempleo no se puede renovar por Internet, sino haciendo presencia, con el DNI en la boca, en la correspondiente oficina del INEM en el día señalado por este organismo, que además tiene la potestad de exigir comparecencias por sorpresa. En segundo lugar, sólo sería posible costearse unas vacaciones modestas por alguien que estuviese percibiendo la prestación del seguro por desempleo, que no es lo mismo que el subsidio, y que dependiendo de lo cotizado puede ser de una cuantía superior. En ese caso, si se van de vacaciones no cabe rasgarse las vestiduras de forma farisaica. Están haciendo uso del derecho a hacer de su capa un sayo ya que fueron ellos los que cotizaron en su momento para tener derecho a esta prestación, que no es eterna, por cierto. A nadie que haya suscrito una póliza con una Aseguradora de riesgos del automóvil se le ocurre decir que está pagando la reparación de otro conductor que ha sufrido rotura de luna del parabrisas.
En efecto, el seguro de desempleo es una prestación de tipo contributivo, financiada por los propios trabajadores a través de las cotizaciones obligatorias que mensualmente se detraen de sus nóminas “por contingencia de desempleo”. El seguro de desempleo opera de forma similar al de otros seguros que cubren riesgos en bienes muebles o inmuebles. El tomador del seguro -la persona que contrata éste con la entidad aseguradora- paga una cuota- para prevenir una determinada contingencia: un accidente de tráfico, un escape de agua o un pedrisco que arruina una cosecha, etc. Mientras que el subsidio por desempleo constituye la última red de protección social a la que pueden acceder, en ciertos casos, aquellos que agotaron el derecho a percibir la prestación contributiva.
Por otra parte ¿qué tendría de censurable que un parado se tomara una vacaciones para no acabar con los nervios rotos ante la certeza de que no hay trabajo para él? Es una convicción compartida en medios gubernamentales, empresariales y sindicales que los trabajadores que resulten desempleados en la actual fase de crisis, más de un millón de parados adicionales en sólo un año, no se van a poder reinsertar rápidamente en nuevas ocupaciones. Ni siquiera en las peor retribuidas.
Según los datos EPA del cuarto trimestre de 2008, el 60% de los desempleados sólo cuentan con estudios secundarios, de los cuales el 37% de primera etapa, es decir, hasta 2º de la ESO u 8º de la antigua EGB. Le siguen en peso los parados con educación primaria, que suponen el 22% del total de los parados. En estos momentos, las ocupaciones que se siguen demandando en el mercado de trabajo se han reducido drásticamente, sobre todo aquellas que requieren media, baja o ninguna cualificación, como se viene observando en los catálogos de ocupaciones de difícil cobertura. El último catálogo (primer trimestre de 2009) mostraba que de 342 ocupaciones, ya sólo el 11,4% necesitan media o baja cualificación.
La escritora francesa Viviane Forrester, en su libro El horror económico, constata que:
¡Seguimos rutinas insólitas! No se sabe si es cómico o siniestro que, ante la falta constante, indesarraigable y creciente de puestos de trabajo, se obligue a los millones de desempleados, cada día laborable de la semana, el mes o el año, a salir a la búsqueda “efectiva y permanente” de ese trabajo que ya no existe. Cada día, semana, mes, año, se los condena a postularse en vano, frustrados de antemano por las estadísticas. Porque hacerse rechazar cada día laborable de cada semana, mes e incluso año, ¿no sería un empleo, un oficio, un aprendizaje? ¿Es un destino verosímil? ¿Una ocupación racional? ¿Una forma recomendable de emplear el tiempo?
En definitiva, estas gentes bienpensantes que se preocupan por la moral ajena, en vez de escandalizarse ante las hipotéticas vacaciones del prójimo deberían más bien estremecerse ante los manejos del capital que han dado lugar a esta horrorosa situación que afecta a millones de parados en todo el mundo. Y si alguno de éstos es lo suficientemente hábil como para conseguirse unas vacaciones, felicitémosle por ello.

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