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Póquer a la griega

10 febrer, 2015 - Opinió, Unió Europea
David TorresPúblico.es

 
“Es la economía, estúpido” es la célebre frase con que James Carville afiló la lanza para la campaña de Bill Clinton contra Bush padre en 1992. La sentencia ha quedado como una especie de mojón indestructible, incontestable, un mantra para desacreditar cualquier tocomocho financiero y recurrir a la sagrada autoridad de Don Dinero. Es una frase lapidaria como una pared, ante ella no cabe salida alguna, al menos en términos bursátiles. Sin embargo, hay una réplica bien sencilla y se dice así: “Es la política, hijo de puta”.
Es exactamente lo que ocurrió con la deuda alemana en 1953, cuando se fabricó una solución política para intentar remendar un agujero económico inmenso: el de las reparaciones de la guerra que había desatado Alemania y que dejó Europa en ruinas, las indemnizaciones a los familiares de los millones de muertos, las incontables facturas por los edificios, colegios, fábricas y ciudades destruidas. La solución económica, la única justa, obligaba al hundimiento entero de un país y a la condena de una sociedad durante generaciones; probablemente a estas alturas, los alemanes todavía andarían rascándose los bolsillos. Sin embargo, se les condonó la deuda, y no tanto por motivos humanitarios, sino porque Estados Unidos necesitaba una barrera que hiciera frente a la amenaza de expansión del bloque soviético. El famoso “milagro alemán” no fue más que un chute de hormonas, una prefiguración de aquellas atletas machorras e hipertrofiadas que corrían y saltaban del otro lado del Muro.
Había muchas más razones (y mucho más serias) para obligar a Alemania a hundirse en la mierda en 1953 que las que se esgrimen ahora contra los griegos. Para empezar, las cicatrices bélicas, los campos de exterminio, los millones de víctimas, la responsabilidad homicida por la peor guerra que el mundo ha conocido, eso sin contar con el enorme trabajo de reconstrucción de los países invadidos. Por eso la carta que Tsipras amenaza con sacar de la baraja no sólo es perfectamente legítima, sino que también es extensible al resto de Europa. Especialmente, a los españoles que sufrimos los bombardeos de la Legión Cóndor y sus consecuencias durante cuatro décadas. Como ha dicho el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, el verdadero peligro para Europa no es Grecia sino Alemania. Por otra parte, siempre lo ha sido, porque es un país que no se conforma con ganar al fútbol.
En el criminal juego de póquer con que Berlín intenta acojonar a Grecia (un juego de salón que supone el horizonte del hambre o la supervivencia para millares y millares de familias), los faroles cuentan tanto como los triunfos, o dicho de otro modo, nadie puede suponer hasta dónde va a llegar la partida. Tras la respuesta de Atenas, hemos entrado en una curiosa variante del Efecto Escalada, como si Tsipras y Varoufakis se hubieran inspirado viendo aquella clásica escena de Los intocables en que el viejo polícia irlandés, Malone, adoctrina a Eliott Ness sobre cómo hay que tratar con la mafia: “Si ellos sacan una navaja, tú sacas una pistola; si él envía a uno de los tuyos al hospital, tú envías a uno de los suyos a la morgue. Así es como se hace en Chicago”.
En efecto, nadie esperaba que el gobierno griego tuviera los bemoles de sacarse de la manga una deuda histórica de más de medio siglo atrás, y menos aún que insinuara una posible salida de la OTAN para tender la mano a Rusia, lo que supondría un espectacular cambio de fuerzas en el delicado equilibrio geoestratégico de la zona. Ahora sólo falta saber si Tsipras juega de farol o si va en serio, pero para eso Merkel tendrá que subir las apuestas o levantar las cartas. A lo mejor en unos cuantos días recibe una llamada inesperada de Washington. Nunca hay que pensar sólo en la economía cuando, en realidad, estás jugando a la política.

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