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Primero de Mayo: el puente de los mártires de Chicago

1 maig, 2009 - Treball

José Antonio Pérez – ATTAC Madrid
La coincidencia del día primero de mayo con alguna otra festividad viene siendo el pretexto ideal para tomar uno de esos ‘puentes’ vacacionales que jalonan el calendario laboral. Con tal motivo, las autoridades de tráfico toman medidas especiales para regular los millones de desplazamientos por carretera. Pero muchos de esos alegres automovilistas desconocen que la fecha conmemora la ejecución en Chicago de unos líderes del movimiento obrero, cuyas luchas lograron esos logros en materia laboral de los que disfrutamos hoy. Y que será preciso defender con uñas y dientes frente a las amenazas del neoliberalismo.
Hasta 1853 la jornada en las empresas norteamericanas era de 11 a 14 horas. Desde el Congreso de Baltimore de 1867 y la creación, en 1870, de la sección estadounidense de la Asociación Internacional de los Trabajadores, hasta las huelgas neoyorquinas de 1872-1873, que consiguen la jornada de ocho horas, hubo un período de agitaciones. La reivindicación de las Tres Gracias (ocho horas de trabajo, ocho de ocio y cultura, ocho de descanso) fue el origen del llamamiento a la huelga general del Primero de Mayo de 1886. Ese día, según informaba un periódico de Chicago: «No salía humo de las altas chimeneas de las fábricas y talleres; y todo tenía un aire dominical». El Philadelphia Tribune escribió: «Al “elemento obrero” lo ha picado una especie de tarántula universal». En Detroit, 11.000 trabajadores desfilaron durante ocho horas. En Nueva York, 25.000 obreros con antorchas marcharon de Broadway a Union Square; 40.000 hicieron huelga. En Louisville, Kentucky, más de 6.000 trabajadores, negros y blancos, marcharon por el Parque Nacional violando deliberadamente el edicto que prohibía la entrada de gente de color. En Chicago, el foco de la rebelión, cerca de 30.000 obreros hicieron huelga.
El 2 de mayo ocurrió un incidente en la planta de McCormick Reaper, cerrada a los trabajadores sindicados y a la que la policía llevaba a diario grupos de esquiroles. Mientras 6.000 o 7.000 trabajadores escuchaban al líder obrero August Spies, unos cuantos centenares se enfrentaron a los esquiroles que salían de la planta. «De repente, se oyeron disparos cerca de la planta de McCormick y más o menos 75 asesinos robustos, grandotes y bien comidos, al mando de un teniente gordo de policía, pasaron, seguidos por tres furgones llenos de bestias del orden público». Durante la represión, al menos dos trabajadores cayeron muertos; muchos quedaron heridos, entre ellos varios niños.
El 3 de mayo, el conflicto se extendió a cerca de 340.000 trabajadores por todo el país, 190.000 de ellos en huelga. En la mañana del 4 de mayo, la policía atacó una columna de 3.000 huelguistas en Chicago. Al atardecer, otros 3.000 obreros se congregaban en la plaza Haymarket en señal de protesta. Al comenzar a llover, la reunión se disolvió y entonces, cuando solamente quedaban 200 asistentes, se presentó un destacamento de 180 policías que les ordenó dispersarse. Cuando el capitán de policía se volvió para dar órdenes a sus hombres, una bomba estalló en sus filas. La policía transformó Haymarket en una zona de fuego indiscriminado, descargando salva tras salva contra la multitud, matando a varios e hiriendo a unos 200.
El 5 de mayo, en Milwaukee, la milicia del Estado reprimió un mitin de trabajadores con una sangrienta masacre, matando a ocho trabajadores polacos y un alemán por violar la ley marcial. En Chicago, las detenciones masivas abarrotaron las cárceles de huelguistas. A mediados de mayo de 1886 se convocó en Chicago un gran jurado con la misión de juzgar a Spies, Michael Schwab, Samuel Fielden, Albert R. Parsons, Adolf Fischer, George Engel, Louis Lingg y Oscar Neebe, todos ellos miembros destacados de la International Working People’s Association. El juicio se celebró sin conseguir probar la participación de los acusados en el incidente de la bomba, pese a lo cual los siete fueron condenados a muerte. Surgió un gran movimiento por todo el mundo para defenderlos; se celebraron mítines en Holanda, Francia, Rusia, Italia, España y por todo Estados Unidos.
El 11 de noviembre de 1886, cuatro hombres (Spies, Engel, Parsons y Fischer) fueron conducidos ante la horca. Mientras le cubrían la cabeza con la capucha, Spies dijo: «Llegará un tiempo en que nuestro silencio será más poderoso que las voces que ustedes estrangulan hoy».
Relato de la ejecución por José Martí, corresponsal en Chicago del periódico argentino La Nación:
…salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro… Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el del Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: “la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora». Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable…
En recuerdo de estos sucesos, la II Internacional declaró el Primero de Mayo como día internacional para exigir la jornada laboral de 8 horas. Actualmente, en muchos países se celebra como Día Internacional de los Trabajadores. En España se celebró por primera vez en 1890. Durante los años de la dictadura franquista, se organizaba una pantomima oficial llamada «Fiesta del Trabajo», al tiempo que se reprimía con gran dureza a los obreros que intentaban conmemorar el verdadero sentido de la fecha.
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