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¿Qué se creen los del FMI?

28 maig, 2010 - Organismes internacionals

Xavier Vidal-Folch El País
Pero qué caradura. Los funcionarios del FMI desplazados en misión a España concluyen su análisis “exigiendo” a las “cajas de ahorros de importancia sistémica” (o sea, La Caixa y Caja Madrid) que se “transformen en sociedades por acciones”, y además, “de forma rápida”.
El tono del ultimátum misionero es inaceptable, aunque vaya mezclado con consejos sensatos pero nada nuevos, como el de reducir la presencia de políticos en las cajas o el de dotarlas de mecanismos capaces de atraer capital externo. Más aún en una institución que debe practicar la humildad. Cada día duda, navegando entre si conviene echar carbón a la máquina (mantener estímulos fiscales para crecer) o detraerlo (austeridad para atajar los déficit). Y aún no ha entonado el mea culpa por los desastres que su recetario propició en los noventa.
Peor aún que el tono es el contenido del diktat, propio de una entidad cautiva del mundo anglosajón, donde las cajas públicas, semipúblicas, cooperativas o mixtas son un sueño del pasado.
Porque en EEUU, la mayor caja, Washington Mutual (188.000 dólares de depósitos), entró en bancarrota el 26 de septiembre de 2008, y fue vendida al JP Morgan Chase. Su derrumbe culminó el colapso de otras 747 savings and loans associations en los dos últimos decenios del siglo XX, por concentrar sus créditos en el ladrillo en tiempos de burbuja del sector, con un coste para el erario de 124.600 dólares. También en Reino Unido, las building societies fundadas desde el siglo XVIII se convirtieron en su mayoría en bancas privadas desde 1986. Algo similar pasó en los Países Bajos.
Pero además de Anglosajonia, existe Europa. En Alemania, las 500 cajas siguen vivas (con sus líos), suponen un 40% del sector bancario, organizada en torno a los once bancos públicos de los länder. Son territoriales (no salen de su zona), y ahora seguramente se agruparán en espacios más amplios. En Francia, donde hasta lo más privado abriga Estado, la Caisse Nationale des Caisses d’Épargne es la cuarta entidad financiera y se tutea con la Banque Populaire en la banca de inversión y gestión Natixis.
Más sugestivo es el caso de Austria, donde las cajas se agrupan en fundaciones que poseen un banco, como el caso del Erste Bank, muy expandido en el Este europeo. O el de Noruega, donde las cajas emiten desde hace años una suerte de cuotas participativas o primary capital certificates, acciones de voto restringido: nadie ostenta más del 10% y entre todos los socios individuales pueden nombrar a un máximo del 25% de los representantes. El resto lo designan el municipio, las entidades, los depositantes…
Ése es el tipo de alternativas que se plantea el sector, el Gobierno e incluso la oposición. Salvo aquél que ya no está, Aznar López, en sintonía con estos misioneros. Y con lo que sucedió en Italia. Cariplo, la Casa di Risparmio delle Provincie Lombarde, con sede en Milán desde 1823, era la joya de la corona del ahorro europeo. Emitió acciones, las colocó en una fundación, que las vendió en 1998 al grupo Intesa-Sanpaolo, primer banco privado transalpino. Pero el tipo de propiedad (público, privado o pluscuamperfecto) no predetermina la calidad de la gestión. Standard & Poor’s le ha rebajado el 23 de abril la calificación, por “vulnerable a las débiles perspectivas económicas internas”. Y mantiene las de La Caixa y de Caja Madrid desde 2008.
Cuando ese año entraron en barrena todos los grandes bancos privados anglosajones, nadie solvente propuso nacionalizarlos para siempre. No nos adoctrinen ahora en el fundamentalismo inverso.

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