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Que se pare el libre mercado

20 setembre, 2008 - Crisi sistémica

Alberto Montero Soler Rebelión
A estas alturas todo el mundo sabe que estamos inmersos -aunque aún se desconoce el grado concreto de profundidad- en una crisis económica de difícil parangón en la historia económica reciente.
Tan preocupante debe ser la situación que el nerviosismo generalizado está sacando a la luz lo que muchos agentes mantienen en su subconsciente y se niegan a declarar en público a pesar de que profesen su creencia en privado.
Así, nos hemos encontrado con que el presidente de la Confederación de Organizaciones Empresariales (CEOE) ha declarado que sería bueno hacer “un paréntesis en el libre mercado” para atajar la crisis. Esto es, el presidente de la organización económica que con mayor virulencia ha defendido la necesidad de llevar el libre mercado hasta sus últimas consecuencias; de liberalizar y privatizar toda actividad pública que, explotada en manos privadas, sea susceptible de generar beneficios; o de desregular y liberalizar los mercados de trabajo, ahora, cuando le ve las orejas al lobo, invoca el intervencionismo estatal.
¿Por qué no invocó la intervención pública en los tiempos de las vacas gordas? ¿Por qué no reivindicó la naturaleza imperfecta de los mercados y la necesidad de la intervención pública cuando las empresas experimentaban, año tras año, tasas de beneficio crecientes? Si tan perfecto era el sistema de mercado para canalizar las rentas hacia el excedente empresarial, ¿por qué ha dejado de serlo en estos momentos de reajuste?
Si se asume y se defiende la perfección del libre mercado -si es que tal cosa existiera, que ésa es otra- como mecanismo para la asignación y distribución de las rentas y los recursos, ahora toca asumir que esa misma perfección no hará sino facilitar el retorno de los mercados a una situación de equilibrio que, necesariamente, implicará dolorosos reajustes, que alguien deberá soportar esos costes y que, consecuentemente, lo más justo es que sean quienes más se han beneficiado de él los que en mayor medida soporten dicha carga.
Lo que no se puede hacer, lo que constituye una inmoralidad, es defender el mercado cuando, a través de su manipulación, redistribuye una parte creciente del ingreso nacional hacia los beneficios y, cuando éstos caen, plantear que el sistema tiene fallos y que es necesario recurrir a criterios de regulación diferentes y, en la medida de lo posible, instar al Estado a que asuma el coste del reajuste.
Lo que es inmoral es que cuando el sistema de mercado genera beneficios para unos pocos éstos sean apropiados privadamente y aquél defendido por sus virtudes; mientras que, cuando la crisis lo pone en cuestión y aparecen las pérdidas, se pase a reclamar el papel intervencionista del Estado y la socialización de las pérdidas.
Evidentemente, este planteamiento necesitaba de una respuesta. Y nadie mejor que el propio presidente del gobierno, el socialista Rodríguez Zapatero, para dársela. Su receta, como era de esperar, la propia de cualquier socialista basadas en los principios socialistas que tan fielmente sigue: respeto a la libertad de los mercados y a la competencia.
Podía haber dicho cualquier otra cosa. De hecho, tenía que haber aprovechado para decir ciertas cosas como, por ejemplo, reclamar un poco de vergüenza torera a los empresarios. Pero no, él va y pone sobre el tapete aquello en lo que cree, el prontuario de sus principios: libre mercado y competencia. Mira que hace tiempo que vengo reclamando un profesor de economía para Zapatero que no sea Solbes. Pues nada. Nadie me hace caso.
Y a todo esto llega Almunia, esa mente económica preclara, para decir que “el origen de la crisis es la avaricia”. ¡Toma ya! Otro que no se ha enterado hasta ahora que el sistema capitalista se basa, precisamente, en la avaricia (aunque sea un pecado capital -cosa que, por cierto, a la Iglesia Católica poco le ha importado nunca-).
Tenemos un comisario europeo de Economía que parece no haber leído -o, lo que es peor, haber leído pero no haber entendido- aquello que ya Adam Smith escribía a finales del siglo XVIII y que cualquier estudiante de Economía ha debido al menos ver referido en algún momento de su vida académica: “no es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero de lo que esperamos nuestra cena, sino de sus miras al interés propio, y nunca les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas”. Si lo hubiera leído y/o entendido y extraído las consecuencias que de ello se derivan ahora no andaría diciendo semejantes perogrulladas haciéndolas pasar por explicaciones de una crisis cuyas causas últimas creo que escapan a sus entendederas.
Así que, nos guste o no, seguimos siendo un país poco serio: con un empresariado que, más acostumbrado a la especulación que a la producción, se echa a temblar y se reniega de sus creencias en cuanto el precio de aquello con lo que especula cae; con un presidente de un gobierno socialista cuyas declaraciones podrían ser las de cualquier neoliberal de la Escuela de Chicago; y con un comisario europeo de Economía que viene a echar una mano anunciando que acaba de descubrir la pólvora.

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