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Receta para al desastre

3 gener, 2012 - Opinió


John Saxe-Fernández La Jornada
A pocos sorprendió la exclusión de la ciencia y de los avances de las investigaciones sobre el agudo deterioro climático en la reciente COP-17 realizada en Durban, Sudáfrica. Como en los cónclaves de Copenhague y Cancún, los principales contaminadores, encabezados por Estados Unidos, bloquearon toda medida y compromiso vinculante efectivo y, además, se incomodan con la avalancha de evidencia científica sobre los efectos ambientales y socio-económicos del actual patrón tecnológico-energético, centrado en mercantilizar y especular con los recursos naturales y aún con la atmósfera por medio del mercado de bonos de carbono.
Los cabildos ahogan el interés público, nacional e internacional, en favor del poder de grandes firmas dedicadas a explotar y lucrar con la quema de combustibles fósiles y la máquina de combustión interna; la manipulación genética; la explotación mineral, metálica y forestal; los biocombustibles; la nucleoelectricidad y las industrias bélicas.
En Durban prosiguió el business as usual impulsado por el cabildo fósil (carbón, gas, petróleo), orientado al debilitamiento o reversión –como ocurrió con el retiro de Canadá del Acuerdo de Kyoto–, de todo acuerdo vinculante con la reducción de gases con efecto invernadero (GEI).
Este oscurantismo suicida, que evoca episodios inquisitoriales con su negación de los efectos ambientales del patrón capitalista, centrado en la expansión sin límite, se fortalece, sólo que ahora las consecuencias están a la vista y afectan a millones: con mayor frecuencia, extensión e intensidad de huracanes, inundaciones, sequías y devastadores incendios forestales. En Estados Unidos senadores y diputados, receptores de abundantes fondos del cabildo fósil (Exxon-Móbil,Chevron, Valero, Duke, Koch, Edison, Southern Coal, etcétera), quienes desde 1999 al presente han acumulado unos 114 millones de dólares en donaciones, desplegaron en 2011 una ofensiva contra cualquier regulación ambiental, vetaron mejoras administrativas a la agencia encargada de asuntos oceánicos y atmosféricos y recortaron presupuestos para la investigación climática y la Agencia de Regulación Ambiental, al tiempo que, como recuerda Justin Gillis (NYT 24/12/11) se desataron más desastres climáticos extremos que en cualquier año, desde que se empezaron los registros públicos a finales del siglo XIX. El costo anual de esos eventos ha sido en promedio de mil millones de dólares (mmdd) pero este año en Estados Unidos los daños ascienden a 50 mmdd. En el mundo se dio algo similar, como lo recuerdan las grandes inundaciones en Filipinas, Australia y Asia Sudoriental y la sequía que agobia a la agricultura mexicana.

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