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Rumbos

17 abril, 2011 - Amèrica Llatina

Alfredo Zaiat Página/12
Dos veces al año, cuando el equipo de técnicos del Fondo Monetario Internacional presenta el informe “Perspectivas de la Economía Mundial”, previo a sus dos asambleas anuales, resulta oportuno recordar lo publicado en esta misma columna: la Oficina General de Contabilidad (GAO, en inglés), el órgano investigador del Congreso de Estados Unidos, señaló en un informe de 2003 que ese documento de pronósticos económicos de la institución internacional “no es un instrumento confiable para anticipar las crisis”. El resumen presentado fue demoledor. De 134 recesiones ocurridas en 87 países emergentes entre 1991 y el 2001, el Fondo sólo predijo 15. Por ejemplo, el Fondo afirmó que en 2001 la Argentina crecería 3,7 por ciento, cuando su economía se contrajo 4,4 por ciento. Así siguió en todos los años siguientes sin interrumpir la cadena de equivocaciones, siempre subestimando la evolución futura del PIB argentino, como para dudar de su intencionalidad política. En 2003 pronosticó un crecimiento del 3,0 por ciento y fue 8,8; en 2004 estimó un avance del 5,5 por ciento y fue 9,0. En 2005 calculó 6,0 por ciento y fue 9,2; en 2006 vaticinó un crecimiento de 7,3 por ciento y fue 8,5; en 2007 predijo 7,5 por ciento y fue 8,7; en 2008 fue el único año que estuvo cerca al estimar 6,5 por ciento y fue 6,8; en 2009 predijo una caída de 1,5 por ciento y el índice oficial informó un alza del 0,9; y en 2010 adelantó un 6,0 por ciento y el número final fue 9,2. Para este año, el pronóstico del FMI alcanzó un grado aún mayor de inconsistencia: prevé un crecimiento del 6,0 por ciento del Producto junto a un alza en el desempleo del 7,3 al 9,0 por ciento, sendero que revela escasa rigurosidad analítica. Para el Fondo la dinámica de la economía argentina implica que a mayor crecimiento, mayor desempleo, resultado que ha sido precisamente el opuesto en estos años.
El incómodo recorrido por tantos números reviste su importancia porque la observación fondomonetarista se extiende desde las estadísticas hacia la evaluación de las perspectivas de la economía y las recomendaciones de medidas. Políticas que siguen manteniendo la matriz de la ortodoxia, línea que tiene su expresión en la mayoría de los economistas del establishment y que empieza a dominar el debate local con la inflación como caballito de batalla para imponer esa estrategia. En forma sintética, el concepto básico que sostienen los técnicos del FMI, con el disciplinado eco a nivel doméstico, es que la demanda tiene mucho vigor (“recalentamiento”, lo denominan) generando tensiones inflacionarias y que para enfrentarlas se debería subir la tasa de interés y apreciar el tipo de cambio (dólar barato). En el documento del Fondo se presenta con el siguiente lenguaje: “el endurecimiento de la política monetaria y la apreciación del tipo de cambio son necesarios para mantener el equilibrio interno, poniendo freno a la presión inflacionaria y a la expansión excesiva del crédito”.
Esta exposición del FMI es oportuna porque explicita un debate crucial para los países de la región respecto de los dilemas que hoy se presentan y los objetivos que se deciden priorizar en la definición de la política económica. El contexto internacional es favorable por la sostenida demanda china, la expansión del comercio internacional, el alza de los precios de los commodities y el flujo positivo de capitales externos por la elevada liquidez global con tasas de interés cercanas al cero por ciento. En esa instancia se bifurca el camino sobre el tipo de crecimiento, de tono vigoroso en todos los casos, que adoptan los países de la región. En forma esquemática se podría ordenar entre el elegido por Brasil y el adoptado por Argentina. El primero reúne las siguientes características: la tasa de interés de referencia se ubica en el 11,75 por ciento anual, siendo una de las más altas del mundo; registra una fuerte apreciación del tipo de cambio que coloca al real en una paridad de 1,57 por dólar; y contabiliza un creciente flujo positivo de capitales financieros del exterior. El comportamiento de esas variables genera un intenso dinamismo de la demanda y del crédito que impulsa una baja del desempleo y de la pobreza con un fuerte crecimiento del PIB con tasas de inflación bajas aunque con tendencia al alza. Esto se desarrolló en el marco de una inquietante burbuja especulativa, inmobiliaria y financiera, que ofrece fabulosas rentas en dólares. Este proceso impacta en la economía real en un retroceso de la industrialización con un avance de las actividades vinculadas al sector primario (petróleo, minería y agropecuario). Uno de sus efectos es un déficit de cuenta corriente cada vez más grande, una reducción acelerada del superávit comercial y, por consiguiente, un aumento de la deuda.
El rumbo argentino reúne tasas de interés muy bajas, incluso en términos neutros o negativos, según se considere los índices de precios del Indec o de consultoras de la city; una estrategia cambiaria competitiva de pequeños ajustes de la paridad para evitar una brusca apreciación que acecha por la suba de precios internos; y un escaso ingreso de capitales financieros. Con una activa política de ingresos impulsada desde el Gobierno, la demanda se constituye en uno de los motores más potentes del fuerte crecimiento de la economía, con una tasa de inflación elevada, al tiempo que disminuye el desempleo y la pobreza. Este esquema no fomenta la creación de burbujas especulativas, alienta la industrialización junto a una vigorosa actividad del sector primario, con superávit de cuenta corriente y de la balanza comercial, e inédito alivio en el frente de la deuda.
El economista Alejandro Vanoli explica ante el consejo del FMI y la política brasileña que apreciar el tipo de cambio genera una burbuja y un boom artificial del crédito. Esa expansión se origina por el ingreso de capitales especulativos generando más déficit de cuenta corriente, más desindustrialización y más deuda. “Por el contrario, un tipo de cambio de equilibrio que responda a las necesidades de los sectores productivos desalienta capitales especulativos y burbujas, y genera más inversión, más empleo, menos déficit y menos deuda”, apunta. “La receta del FMI siempre generó procesos que desembocaron en crisis fiscales externas y financieras”, concluye Vanoli.
El modelo brasileño es el preferido del mundo financiero y genera resistencia en los industriales de ese país, que lo critican pero se acomodan a ese escenario que no favorece a la producción. Como pasó durante la tablita de Martínez de Hoz y la convertibilidad en la Argentina, los empresarios destinan un lugar de preferencia a su gerencia financiera para contabilizar ganancias especulativas importantes. Un aspecto que lo hace diferente a la experiencia argentina y que facilita el desarrollo de esta etapa económica es que cuentan con una ayuda fundamentalmente del Estado a través de asistencia crediticia a muy bajo costo del Banco de Desarrollo (Bndes). Este esquema es reforzado con un alza de la tasa de interés ante cualquier síntoma de presiones inflacionarias, lo que seduce aún más a los capitales especulativos que desestiman las barreras que dispone el gobierno para desalentarlos, profundizando así la apreciación de la moneda doméstica.
Esta política económica fascina en Argentina a una parte del poder económico y a sus economistas, que la referencian como exitosa en materia de inflación. Un aspecto minimizado en ese análisis comparativo es que no consideran la experiencia traumática de la apreciación cambiaria en el país, la persistencia de una economía bimonetaria y la intensidad de la puja distributiva por la recuperación de la organización sindical. Estos tres factores no están presentes en la economía brasileña, como tampoco un banco de desarrollo como el Bndes en la Argentina.
El dilema de política económica se podría presentar en forma abreviada, con las coincidencias mencionadas para cada uno de los países, de la siguiente manera: burbuja especulativa, desindustrialización y baja inflación por el lado brasileño; inflación elevada, industrialización y sin burbuja por el frente argentino. La primera opción en Brasil puede no desembocar en una crisis de proporciones por ser una potencia mundial, pero esa vía ya fue probada en Argentina en más de una ocasión con resultados desastrosos. Además es la receta que ofrece el Fondo Monetario Internacional para transferir la crisis de los países centrales hacia la periferia. La otra alternativa no está exenta de complejidades en un horizonte que requiere de un esfuerzo adicional para mejorar el perfil industrial y enfrentar el desafío que plantea la actual dinámica de los precios.

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