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¡Sarkozy, dégage…!

7 maig, 2012 - Unió Europea

Guillermo AlmeyraLa Jornada

En la revolución tunecina, la consigna fue “¡Ben Ali, dégage…!” (¡Ben Ali, fuera, no estorbes más!). En Francia la gritaban también en las manifestaciones contra Nicolas Sarkozy, que este domingo, según todo indica, será echado del Elíseo y pasará a ser un aliado secundón de los neofascistas del Frente Nacional dirigido por Marine Le Pen. Es decir, de una horda racista, xenófoba, nacionalista de extrema derecha, que cuenta con el apoyo de los sectores más pobres e incultos de la sociedad francesa, convencidos de que sus enemigos son otros pobres que tienen otras lenguas, costumbres y color, porque supuestamente les quitarían el trabajo y no el capital financiero.
François Hollande obtendrá casi todos los votos (muy críticos) de la izquierda que votó por Jean-Luc Mélenchon, más una buena parte de los de Bayrou, de centroderecha, que repudia el fascismo, más algunos votos de quienes sufragaron por Marine Le Pen pero ven a Sarkozy como un competidor en la derecha. Todas las encuestas le atribuyen una victoria importante y es muy probable que así sea, si no sucediese algún milagro fascistoide de último minuto.
Pero el problema no reside en quién será presidente, sino en qué márgenes de maniobra tendrá en el Parlamento y en el gobierno. El primer ministro francés, en efecto, es nombrado por la primera mayoría parlamentaria. Si el Frente Nacional, reforzado por los electores ex sarkozistas, lograse esa mayoría en las elecciones parlamentarias y municipales de junio próximo, podría darse el caso de una cohabitación entre un presidente de centroizquierda, socialdemócrata, y un primer ministro de extrema derecha, que contaría con una fuerte base parlamentaria en la Francia de las pequeñas alcaldías rurales o suburbanas.
Hollande, si es elegido presidente, tendrá que dar un gran golpe de efecto para desarmar esa alianza entre la derecha y la extrema derecha y consolidar, en cambio, la actual alianza puramente electoral y antifascista entre la izquierda y el centroizquierda que él representa. El tiempo entre las dos elecciones es muy escaso, lo cual hace que la medida o el paquete de medidas-choque deban ser inmediatos y muy populares para lograr un impacto entre los sectores obreros y campesinos que en el pasado votaban por los comunistas y ahora lo hacen por el Frente Nacional, por rabia y para protestar.
¿Tendrá Hollande la posibilidad y los reflejos políticos necesarios para tratar de soldar, mediante medidas audaces, su alianza con el Frente Izquierda de Mélenchon, que mantiene sus dudas y sus críticas? ¿Despertará el triunfo de Hollande algunas esperanzas y entusiasmo entre los trabajadores despedidos o cuyas fábricas cierran? ¿Lo respaldarán algunos movimientos sociales y la organización de parte de la juventud a la que quiere conquistar apostando a la educación? De candidato escogido apenas para evitar lo peor, ¿podrá pasar a ser un candidato al menos adversario del capital financiero, estimulado por la presión de quienes siguen a Mélenchon?
Si se prepara a un choque con los tiburones à la Merkel y quiere programar un plan de creación de trabajo, sobre todo juvenil, necesita imperiosamente una base de apoyo movilizada y no le basta con una mayoría electoral. ¿Podrán los sindicatos, tan debilitados, y el Partido Comunista francés, tan aislado y desprestigiado, modificar su política y servir para desencadenar una movilización popular?
¿Cuáles serán también las repercusiones en Europa? Los trabajadores griegos seguramente se sentirán alentados por la ruptura del eje vampiresco Sarkozy-Merkel. Posiblemente también se debilitarán aún más los gobiernos derechistas de Italia y de España y la elección de un socialdemócrata en Francia podría reforzar indirectamente al centroizquierda belga y, sobre todo, al centroizquierda alemán y preparar el derrumbe de Angela Merkel. La crisis europea, en todo caso, aumentará…
Hollande propone retirar de inmediato las tropas francesas de Afganistán, rompiendo así con la subordinación al cronograma impuesto por Estados Unidos. Ante esta ruptura de la solidaridad interimperialista, ¿cómo reaccionará Washington y cuáles roces podrían surgir entre Francia y el imperialismo estadounidense en África y en el cercano Oriente? La gran burguesía francesa, por supuesto, es solidaria con Rajoy en el problema de las estatizaciones en Bolivia y de las medidas limitadas y tibias adoptadas contra Repsol en Argentina. Le Monde lo demuestra cada día con sus insultos al gobierno argentino. Pero el mismo día en que éste estatizaba 51 por ciento de las acciones de Repsol (no el petróleo ni YPF, faltaría más…) la francesa Total negociaba en Buenos Aires aumentar su producción de gas. ¿Francia buscará aprovechar las dificultades de sus competidores, aunque éstos sean también imperialistas, en América Latina y en China?
Por otra parte, aunque los affaires de cu (o sea, los asuntos de alcoba, para decirlo suavemente) nunca han tenido en Francia demasiada importancia política, es evidente que Hollande no podrá defender al impresentable y cínico Dominique Strauss-Kahn, que es una pieza clave del lobby sionista y de la derecha de su partido. ¿Cómo se restructurará pues éste, que es una federación de notables y altos funcionarios pero que ahora está recibiendo apoyo de sectores juveniles y presiones sociales fuertes (lo que, entre otras cosas, llevó ya a la escisión del senador Mélenchon)?
Si de España han escapado 168 mil millones de euros, que el país tanto necesita para no hundirse más en la crisis, y si la Bolsa europea cae ante la posibilidad del triunfo de Hollande, ¿qué tipo de huelga y de presión podría ejercer el gran capital en la quinta potencia mundial? La lucha de clases que tantos ignoran o eliminaron de su horizonte, recrudecerá y dará respuestas concretas a estas preguntas, además de influir en la crisis mundial y, sobre todo, en las relaciones entre Europa y Estados Unidos. Eso es seguro.
 

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