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Sobre democracia y mercados en tiempos de crisis

16 febrer, 2010 - Opinió

Jónatham F. Moriche Rebelión
Fue el extraordinario pensador y activista germano Günther Anders quien empleó la expresión “desnivel prometeico” para describir la relación que habría de establecerse entre la especie humana y la energía nuclear después del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki: ¿podría la Humanidad controlar esas fuerzas tan ominosas, tan desmedidas, que la misma Humanidad había convocado, pero que ahora hipotecarían para siempre su destino, e incluso su nuda supervivencia?
Sin que aquel dilema planteado por Anders esté todavía resuelto (más bien al contrario, debido a la proliferación nuclear), esta noción de “desnivel prometeico” puede hacerse extensiva a la relación que, en esta era de capitalismo globalizado bajo directriz neoliberal, se ha establecido entre las fuerzas del mercado y las comunidades humanas. La tendencia hacia una progresiva integración económica del planeta es tan antigua como la misma civilización. Pero ha sido en las últimas décadas cuando este proceso ha rebasado definitivamente todos sus límites y ha transformado la economía mundial en, empleando palabras de Manuel Castells, “una unidad en tiempo real a escala planetaria”. Las comunidades humanas y sus instituciones siguen viéndose cotidianamente condicionadas por los límites entre idiomas, culturas, naciones, continentes o husos horarios, mientras el dinero, las mercancías o los empleos fluyen con plena libertad, sin descanso y a una velocidad de vértigo, por todo el planeta. Cada mañana, el periódico recoge las huellas de ese tránsito inquieto: la quiebra del mercado hipotecario norteamericano deja sin pensión a miles de trabajadores argentinos, una operación especulativa en un mercado de materias primas en Londres lleva a la ruina a un país africano, el arqueo de un contable en Japón deja en la calle a mil trabajadores de una fábrica española… Un tránsito que, en las últimas décadas, nadie ha conseguido (posiblemente, porque tampoco nadie ha pretendido seriamente) someter al imperio de la ley y la voluntad democrática. Al contrario, los mercados globalizados han creado o recreado a su capricho poderosos instrumentos financieros y mercantiles (fondos de capital-riesgo, paraísos fiscales, mercados de futuros…) e instituciones de enorme influencia política (el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio, el Banco Central Europeo…) a los que los Estados han cedido importantes porciones de soberanía e iniciativa política. Ante, por ejemplo, las sucesivas y radicalmente ineficaces cumbres del G-20 celebradas en estos últimos meses para dar respuesta a la crisis económica, bien cabría preguntarse: ¿pero quién manda aquí? La respuesta es a la vez evidente y aterradora: la globalización económica, las corporaciones transnacionales, los mercados financieros… sólo se obedecen a sí mismos. Y donde impera en solitario la ley del dinero, no resta lugar alguno para la democracia.
La plena globalización del capitalismo representa una extraordinaria mutación histórica que sólo ha sido posible gracias a una gravosa hipoteca económica, pero también ecológica, política o cultural, sobre el conjunto del planeta, las instituciones y la misma Humanidad, que han quedado reducidos a casino, empleados y fichas del gran juego capitalista global. El planeta entero y la entera experiencia humana han sido hipotecadas para inyectar más y más liquidez sobre el tapete de esta timba titánica y demente. Si aún en el pasado, cuando los mercados estaban mucho más embridados por las barreras geográficas y políticas, era necesario un empeño revolucionario y muchas veces trágico para someter las fuerzas económicas al imperio de la ley y la voluntad popular, ¿qué valen ahora el raciocinio y la soberanía democráticas frente a estos dispositivos fantasmáticos, monstruosos, inconmensurables, que nos gobiernan? Este abismal “desnivel prometeico” entre globalización y democracia comienza ya desde la misma definición y discusión pública del problema: como ha quedado sobradamente en evidencia a lo largo de la presente crisis económica, el sofisticado desorden de los mercados financieros globales puede condicionar de un modo catastrófico el destino del conjunto de la Humanidad, pero… ¿cuántos son en realidad los ciudadanos (incluyendo a buena parte de nuestros representantes políticos) que disponen del suficiente conocimiento acerca de estos dispositivos económicos globalizados y su funcionamiento como para ponerlos en cuestión y explorar sus alternativas? ¿De qué legitimidad y eficacia pueden gozar la representación democrática y las instituciones políticas, cuando un factor tan decisivo para nuestra existencia en común como la economía se ha vuelto tan opaco, ajeno e intangible para las más amplias mayorías? ¿Cómo puede razonarse, debatirse o votarse lo que no se conoce, lo que no se comprende, lo que tantas veces ni siquiera puede nombrarse?
Ante semejante desafío, no hay margen para recetas ni consuelos sencillos. Aturullados por la bobería mediática y política imperante (que deja para el anecdotario majaderías antológicas como la de los dichosos y mendaces “brotes verdes”), nos preguntamos si el año que viene habremos dejado atrás esta crisis, cuando la pregunta correcta es si bastará con una generación para superar sus efectos. Pero existen respuestas de emergencia que sí pueden ayudar a las comunidades humanas a recuperar parte de su soberanía y tomar posiciones ante el problema, trazando barreras defensivas ante esta hipoteca integral de su existencia: obstaculizar la penetración de las grandes corporaciones transnacionales (como los monopolistas de la distribución alimentaria) en las economías locales; impedir su contaminación con inversiones puramente especulativas (como las de los fondos de capital-riesgo); defender sus empresas y servicios públicos (como la educación o la salud) y sus bienes comunes (como el suelo, el agua o las fuentes de energía) frente a los proyectos para su privatización; democratizar y racionalizar la vida económica mediante instrumentos (como el reparto del trabajo, la renta básica de ciudadanía, los presupuestos participativos o la soberanía alimentaria) antagónicos del totalitarismo de mercado… Las comunidades humanas que sean capaces de movilizarse decisivamente en torno a estas líneas de defensa no sólo verán a corto plazo mejor protegidos sus empleos, sus empresas, sus instituciones democráticas o su medio ambiente frente a los embates del desorden global, sino que se convertirán en contribuyentes netas en la lucha a largo plazo por, en aquellas palabras sabias e inspiradas de Manuel Sacristán, “una Humanidad más justa en un planeta habitable”. Lucha que fue un día signo de identidad del legendario Prometeo ante la ciega voluntad de dioses terribles, y hoy lo es de todos y cada uno de nosotros y de nuestras comunidades, invariablemente amenazadas, a lo largo y ancho de la geografía planetaria, por esta hipoteca arbitraria, injusta y odiosa para nuestra dignidad y nuestra supervivencia que hemos convenido en denominar globalización capitalista.

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