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Sobre la Organización Ciudadana

8 març, 2013 - Estatal, Moviments Socials

José Sánchez Martínez – ATTAC País Valencià
La forma, las características y el contenido de la organización que debe darse la ciudadanía como sujeto preferencial de derechos democráticos debe ser globalizada, en todos sus aspectos; tanto en sus contenidos como en sus objetivos.
En las diversas aportaciones que se plantean en las páginas de opinión acerca de cómo RECONSTRUIR EL FUTURO, hay un rasgo común y es la necesidad de más democracia, sea cual sea el nivel orgánico o institucional que se plantee. Es este anhelo, que desborda las calles. lo que con más fuerza se demanda. No se trata de una democracia que da el poder a los órganos de representación -que votan o deciden según sus propios criterios o los del partido o sindicato al que pertenecen-, sino de una democracia que da el poder a los órganos de base y sus elegidos, revocables en todo momento, son portavoces reales  de quien los eligió.
A quien atañe, fundamentalmente, el presente déficit democrático es, en última instancia, al ciudadano, que es quien menos poder individual de decisión tiene. Es por tanto necesario que a la hora de “reconstruir” o de darnos nuevas formas de convivencia, o de sacar adelante leyes, el ciudadano esté en el corazón de TODO lo que se “reconstruya” o cree; no vaya a ser que lo que hagamos con el cambio sea una nueva edición de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.
Es por esto, por lo que, a la hora de plantearnos  nuevas formas de convivencia y de reflexión acerca del futuro, bien está que reflexionemos sobre el papel que los instrumentos de representación y organización ciudadana por excelencia, sindicato y partido, han venido desempeñando a lo largo de nuestra reciente historia en España y en Europa.
La forma y los contenidos de la organización ciudadana son fundamentales  y los grandes avances históricos han tenido que ver con la expresión de esas formas organizativas, sobre todo cuando se han abierto periodos de lucha fuertes. Esto se ha plasmado con el nombre de Comuna, de Soviet, de mayo del 68 y la más cercana: de manifestantes del  15M. En definitiva, organizaciones basadas en la más pura democracia directa. Es esta forma de democracia, sin intermediarios, una constante histórica y por ello quizás sea el momento de reconsiderar  su implantación con todas sus consecuencias, en un momento histórico en el que las posibilidades  de la tecnología nos lo pueden facilitar.
Cuando, en los años 1975/76, se planteaba el advenimiento de un régimen democrático que desembocó en la constitución de 1978 (en la que quedó plasmado que las dos organizaciones  de encuadre ciudadano por excelencia serían el partido político y el sindicato) hubo voces, apenas  audibles, en el espectro de la entonces izquierda política española que abogaban por otra clase de organización, que recogiera  “las nuevas corrientes asambleístas” que, a lo largo y ancho de la geografía española, se habían formado en torno a órganos de difusión con el nombre genérico de Asamblea . Una de estas voces fue la de Ignacio Fernández  de  Castro, y otras recogidas en panfletos periodísticos que daban voz a los diversos colectivos asambleistas, entre los cuales estaba  la publicación, a nivel estatal, de LIBERACIÓN. Por supuesto, que este tipo de posiciones,-que entonces abogaban por una ruptura democrática desde fuera  del régimen y no por una ruptura  negociada-  estaban lejos de la “democracia a la europea” que terminaría plasmándose en la Constitución.
Puede que sindicatos y partidos, hoy, hayan cumplido su papel en el afianzamiento de una democracia formal, que es lo que tenemos, como no podía ser de otra manera dado el tipo de organización que se dieron y tienen: una organización que responde al criterio de democracia representativa y no de democracia participativa y que está dentro del contexto  en el que se crearon y permanecen. Pero, además, el déficit fundamental ha consistido en ahondar esa  separación tan falaz (a pesar de considerarse en algunas esferas como inmutable) entre el sindicalismo y la política, porque eso ha llevado a alimentar la creencia de que los problemas laborales tienen que solucionarse en el ámbito exclusivamente  sindical y los problemas de convivencia, de la política en sentido  amplio, han de solucionarse dentro de la esfera de los partidos políticos.
Las organizaciones sindicales, los sindicatos, fueron, en  su nacimiento, la cristalización  de organizaciones de defensa  de la clase obrera frente al capitalismo, de signo reivindicativo en esencia; que más tarde han ido evolucionando en organizaciones más complejas  y acomodándose al sistema, por lo general siempre dentro  del encuadre socioeconómico existente; aunque hay que decir, para salvar la verdad histórica, que en nuestra historia reciente, hubo otro sindicalismo, de planteamientos más radicales, el Sindicalismo Revolucionario, del que hoy queda alguna representación, y que abogaba por una revolución social partiendo de la lucha reivindicativa.
Pero a lo que vamos es  a que  el encuadre sindical es un encuadre  donde lo que se debate está relacionado, casi con exclusividad con el frente económico; y que este frente hay mucho empeño en no contaminarlo políticamente, y que su aparición en la sociedad  sea claramente neutral. Delegan así, los sindicatos, en los partidos políticos la gestión de sus propios intereses políticos. Así se logra que las cuestiones “meramente económicas”, no tengan que ver con los principios políticos de quien las dicta.
Las organizaciones políticas, los partidos políticos, se crearon para la lucha política. El fin es la conquista de Estado como instrumento fundamental del poder político y palanca de cambios en el estado de las cosas. Los ciudadanos se encuadran en los partidos políticos y a través de las candidaturas presentadas a las diversas instituciones se configura un parlamento, cuya mayoría  se hace con el control del Estado. Pero esto, que a lo largo de los últimos lustros, con la toma del control del Estado por los partidos socialdemócratas en Europa, debía de habernos conducido a una sociedad más igualitaria, se ha demostrado que no es cierto, porque el pastel de la renta nacional ha crecido, sin que el reparto se haya movido sensiblemente hacia los menos favorecidos, y sí al revés. Lo cual indica, entre otras cosas, que el control del Estado no lleva parejo el control económico. El ejemplo más claro es la incapacidad de los partidos, una vez en el poder, para incidir en el reparto de la riqueza, porque es vox populi que la crisis es, fundamentalmente, no un problema de crecimiento, sino de reparto: Crezcamos, pero antes repartamos, más equitativamente lo que tenemos; y esto  no se puede hacer sin actuar sobre las causas profundas  de la desigualdad y la injusticia, que son fundamentalmente de índole económico.
Es claro que el estado actual de la realidad sociopolítica ha desbordado, por ineficaces para gestionar “las ansias democráticas”, estos cauces oficiales de  representación: partido político y sindicato; planteando acciones unitarias en torno a objetivos comunes a  todos, sin tener en cuenta su encuadre económico o político. El marco es global, la acción es global, el objetivo es global: La  política de verdad, ha bajado del parlamento a la calle.
Tanto las organizaciones políticas, como las sindicales, además, son portadoras de los corsés democráticos de la sociedad en la que se desenvuelven. Su democracia representativa esta fuera de lugar ya. La permanencia de sus elites en el poder,  lustro tras lustro, cumple a rajatabla la ley  de Wright Mills. Son organizaciones que tienen que dar paso  a otro estadio de más transparencia, más movilidad en sus cuadros y sobre todo más protagonismo directo de las bases. Se necesita más democracia, pero también una nueva manera de atender la problemática general. La organización debe acoger en su seno todo tipo de planteamiento y problemática sin distinción alguna, al mismo tiempo que sus objetivos tienen  una trascendencia con tendencia a globalizar las cosas y no separarlas. Esto puede ser posible si las nuevas formas de organización ciudadana son globalizadas en sus objetivos, no distinguiendo entre partidos y sindicatos y hacen de la democracia su estandarte fundamental.
¿Cómo podría ser, qué características podían tener esas nuevas formas de organización ciudadana?
Ante todo, hay que empeñarse en que se abra este debate en la sociedad , en los más rincones posibles. Partidos y sindicatos deberían reflexionar  en sus agrupaciones o comités sobre las nuevas formas de convivencia para el futuro y como superar las actuales, pero hay algunas líneas que  son claras, a saber:
-Superar la clásica alternativa impuesta a la ciudadanía de la división entre sindicato y partido; el sindicato para la reivindicación económica y el partido para la reivindicación política. Porque esto  lleva a concebir las tareas como parciales y no como  implicadas globalmente. Los ciudadanos tienen que discutir y opinar de la totalidad de las cosas, sin distinciones. La organización ha de ser unitaria, democrática y fuertemente solidaria.
-Que la asamblea tanto en el trabajo como en los lugares  de convivencia sea el núcleo esencial de participación y la que tiene los mecanismos de control para hacer que sus delegados reflejen fielmente sus opiniones y  sean revocados  en el momento  en que lo manifieste quien los eligió.
Es posible, hoy día, con las nuevas tecnologías, hacer viables planteamientos asambleístas sin ningún problema, dentro de los límites que nos dicte el sentido común. La tecnología debe aprovecharse para cambiar, más  que nunca, la forma de que la ciudadanía viva y participe de la política, haciendo de esta no una realidad marginal, que es tarea de unos pocos que están al margen de la sociedad, sino uno de los fundamentos de la vida misma en democracia. Los procesos de toma de decisiones, en general, son posibles por vía telemática: La democracia representativa ha de dejar paso a la democracia participativa.
Jose Sánchez Martínez es politólogo

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