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Tres años después, los mercados son los dueños de nuevo

21 setembre, 2010 - Entitats financeres

Philip StephensThe Financial Times
Han transcurrido tres años desde que el techo comenzara a desmoronarse. Y solamente un año y pico desde que los más pusilánimes colmaran sus bodegas con agua embotellada y comida enlatada, por si acaso el crac económico presagiara un descenso a la anarquía. Y, desde entonces, ¿qué ha sucedido? Sencillamente: pocas cosas. Los bancos (y los banqueros) aún gobiernan.
Echemos una mirada atrás, a las grandilocuentes declaraciones realizadas por los líderes políticos; mientras el sistema financiero global se tambaleaba al borde de su autodestrucción. Las promesas y compromisos vinieron de la derecha, del centro y de la izquierda, desde Gordón Brown a Barack Obama, desde Angela Merkel a Sarkozy, de los Bancos centrales y del Fondo Monetario Internacional.
Nos aseguraron que las finanzas serían derribadas de su dorado pedestal. Las gentes (Main street) reafirmarían su primacía sobre Wall Street. El capitalismo del laissez faire del Consenso de Washington había cumplido sus días. Las economías más ricas del mundo atenderían al cultivo de lo real en oposición a la ingeniería financiera.
La verdad es que una o dos cosas han cambiado. La Economía ha sido descubierta como disciplina de fe. Han regresado a lo básico y han redescubierto a Keynes, quienes durante largos años fueron esclavos de las expectativas racionales y de las teorías de los mercados eficientes. Una percha en Goldman Sachs solía conceder un cierto prestigio lo mismo que un jet privado. Los banqueros de Dios han perdido el lustre de respetabilidad.
Aunque el oprobio público parece que es poco precio a pagar por las calamidades que han alcanzado a los demás. Un banquero conocido desde tiempo atrás, me dice que espera ganar este año tantos millones como ha conseguido en alguna otra ocasión, aunque se lleve a casa más bien menos maletines con billetes.
Por supuesto, también ha habido un gran cambio real: cientos de miles de millones de dólares en activos tóxicos que antes figuraban en las cuentas de los bancos, se han amontonado sobre los déficits generados por la recesión inducida por el crac. Las familias están pagando las facturas de los banqueros mediante impuestos, servicios públicos degradados y elevado desempleo.
La resolución política ha cedido al miedo. Nadie como Sarkozy pintó más elocuentemente las iniquidades de los mercados liberalizados. Fue aquel momento en que el presidente francés nos dijo que el capitalismo seria remodelado a imagen y semejanza del mercado social europeo. Aunque todo esto fue antes de que la crisis de la deuda soberana de Grecia pusiera el cerco a la eurozona. Ahora el señor Sarkozy se desvela cada noche preocupado porque Francia pueda perder su calificación crediticia de triple A.
No es el único. Mientras se esfuerzan por reducir los enormes déficits presupuestarios, casi en todas partes los políticos occidentales son esclavos de los mercados financieros mundiales. David Cameron no ha tenido pelos en la lengua al decir como primer ministro del Reino Unido que está recortando el gasto sobre el estado de bienestar y reduciendo el papel global de la nación, porque el Banco de Inglaterra le ha dicho que las agencias de calificación crediticia no se contentarían con menos.
¿Y se acuerdan de las agencias de calificación? Alguien recordará que estas mismas organizaciones fueron profundamente cómplices de las marrullerías que permitieron que instrumentos de deuda sin ningún valor fueran empaquetados como valores bursátiles de primer orden. Estoy seguro haber oído decir a esos políticos que les iban a recortar las alas. Nunca ocurrió. Las agencias de calificación jamás se arrepintieron y ahora vuelven a ser los amos.
Desde el inicio, esta crisis estuvo repleta de ironías. Una de las grandes razones por las que vastas cantidades de dinero daban vueltas por el sistema –y dispuestas a ser prestadas a hogares estadounidenses que nunca podrían devolverlas – fue que muchas de las naciones emergentes del mundo le habían cogido la palabra a Occidente.
Después del crac financiero de finales de los noventa, Asia se aprendió de memoria el catecismo de prudencia del FMI. Por consiguiente, el dinero ahorrado volvía reciclado al Occidente despilfarrador para sostener el crédito fácil que producía las hipotecas subprime y las obligaciones de deudas garantizadas.
Por supuesto que la mayoría de los europeos arrojan las culpas del crac a las puertas del capitalismo angloamericano desbocado, para descubrir luego que sus propias entidades han sido totalmente cómplices. Incluso, mientras la señora Merkel despotrica contra los fondos especulativos de alto riesgo y los fondos de capital riesgo (casualmente, relativamente inocentes en estas calamidad) resulta que los bancos públicos regionales propiedad de Alemania han estado entre los más ávidos jugadores del casino.
Nada de eso pretende absolver a los gobiernos y a los organismos reguladores por la responsabilidad en el crac. El gobierno laborista de entonces en el Reino Unido se contentaba con mirar para otro lado, con tal de que la City de Londres siguiera generando ingresos fiscales que financiara sus ambiciones sociales. Grecia trampeaba con las cuentas fiscales mucho antes de que la mayoría de la gente hubiera oído hablar de AIG. Alan Greenspan y Ben Bernanke de la Reserva Federal cometieron el error de creerse su propia propaganda.
Ahora, quienes adoptan las decisiones políticas nos contaran que han actuado para remediar esos errores. Algunos gobiernos han establecido impuestos coyunturales a los grandes bancos; y los EEUU han legislado a favor de un régimen financiero más fuerte. Ahora las remuneraciones claramente excesivas por bonus aparecen ligeramente asociadas al rendimiento. El comité de reguladores de Basilea va a imponer requerimientos de capital más exigentes, aunque se entiende que no antes de 2018.
Aunque probablemente sean válidas, tales medidas son juguetes frente a la capacidad de los mercados financieros para causar estragos en cualquier economía. Las entidades financieras aún están extrayendo grandes beneficios de las actividades comerciales descritas por Lord Turner, el jefe de la Autoridad de servicios financieros del Reino Unido como intrínsecamente inútiles. Sin embargo, Lord Turner ha sido casi la única voz en sugerir un repensar los fundamentos.
La crisis en la eurozona muestra cómo los instintos gregarios de los mercados de capitales son capaces de desestabilizar un continente entero. La consecuencia ha sido empujar a los gobiernos europeos hacia una prematura y desenfrenada carrera para reducir los déficits fiscales antes de que la recuperación estuviera garantizada.
Con una poca ayuda de los organismos reguladores, los grandes bancos podrán ahora declarar que su solvencia ha sido debidamente probada, pero los desequilibrios sistémicos permanecen. Los mercados internacionales van muy por delante de la capacidad de los líderes políticos para entenderlos; y menos aún para supervisarlos. Este fracaso de la gobernanza política para mantener el paso con la integración económica es ahora tan evidente como lo era en 2007.
Incluso si los políticos reconocen mejor los riesgos de la interdependencia y las vulnerabilidades de las entidades particulares y de los instrumentos financieros, están lejos de cualquier consenso sobre cómo compartir responsabilidades para la supervisión global. De modo que, tres años después, las cosas están en gran medida como estaban, salvo que la mayoría de nosotros somos más pobres. The markets rule. OK?.
(Traducción para la Red por la Justicia Fiscal de J.H.Vigueras)
Análisis publicado en Red por la Justicia Fiscal
www.redjusticiafiscal.org

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