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Un 2009 de recesión y turbulencias

6 gener, 2010 - Crisi sistémica

Francesc Sanuy El Periódico
El cierre del ejercicio parece un momento adecuado para hacer recuento de bajas y destrozos y, sobre todo, para analizar los errores y pecados cometidos a fin de evitar que se vuelvan a repetir. Efectivamente, sería inadmisible que los culpables pudieran ser reincidentes y nos volvieran a colocar tan cerca del caos y del pánico, especialmente tras haber sido identificados. El gran financiero y filántropo Warren Buffet ha definido muy bien el momento actual con la frase: «Cuando baja la marea, se descubre quién se bañaba desnudo». Y a fe de Dios que han quedado perfectamente retratados muchos personajes arrogantes y guiados solo por la codicia que, en el momento del rescate, iban en pelota viva.
En general, todo el mundo está de acuerdo en que durante el año transcurrido se ha producido una gran recesión más seria y profunda que la de los años 30, pero también una extraordinaria estabilización que ha evitado la catástrofe. Pero la buena noticia no ha disipado una sensación de gran fragilidad y temor a una eventual recaída. Es cierto que los grandes bancos han descubierto que aún puede haber vida tras la crisis financiera.
Aún así, sería equivocada la idea de que los negocios pueden volver a hacerse igual que antes. O, peor aún, tener la desfachatez de Lloyd Blankfein, presidente de Goldman Sachs, quien en lugar de disculparse ha afirmado que su banco «le hacía el trabajo a Dios». Supongo que se refería a la divina providencia que ha permitido repartir 19.000 millones de euros a los directivos de la entidad por los resultados del 2008. ¡Hay gente que todavía no se ha enterado de que la Iglesia católica condenó la usura en 1311!
Estamos asistiendo, pues, a una bancarrota moral más grave aún que la locura de un riesgo consistente en pasar el muerto de unos activos tóxicos a unos inocentes que habían depositado su confianza en unos financieros que no se guían por otra ley que no sea la avaricia. Hasta el punto de que el presidente del HSBC -el primer banco del mundo-, Stephen Green, ordenado como ministro de la Iglesia anglicana, se ha visto obligado a publicar un nuevo código moral para banqueros con el título de Good value. Los capitalistas más lúcidos son conscientes de que la ignorancia de la ética del riesgo puede representar la destrucción del sistema. En España, sin embargo, ni los banqueros, ni los analistas, ni los cajeros ni las escuelas religiosas de negocios han dicho ni una sola palabra que se acerque a una mínima y compungida autocrítica. Al contrario, no se reconoce que sea inmoral utilizar los depósitos de los clientes para especular en operaciones arriesgadas y que es anticristiano maltratar a los usuarios con arrogancia y toda clase de comisiones o tarifas abusivas. Es necesario devolver a los financieros al narrow banking, o banca estricta, y cerrar el paso a los bancos y cajas de ahorros que, según lord Turner (presidente de la FSA británica) son socialmente inútiles y practican la banca «de casino». Ya es hora de que los financieros sean los servidores y no los dueños, y que se pongan a disposición de la economía real y productiva y del territorio donde hacen el drenaje del ahorro local y se dedican a traicionar los intereses de los impositores.
Dejando a un lado las consideraciones morales, se acepta lo que indica el título de Gillian Tett, El dinero del imbécil: cómo la codicia sin límites corrompió un sueño y provocó una catástrofe. Otros han anunciado que hemos llegado al final de la era Thatcher-Reagan, aunque Gideon Rachman advierte de que el recambio y la alternativa todavía no están a punto.
El G-20 (que agrupa a los países desarrollados y los más destacados de los emergentes) ha reclamado una nueva regulación del sector financiero con más exigencias de capital, y una reforma financiera que incluso George Soros cree necesaria. John Kay, por su parte, ha denunciado que el concepto proteccionista de los grandes bancos y de las cajas enormes que se expresa con too big to fail (demasiado grande para dejar que caiga), es una idea too dumb to keep (demasiado idiota para aceptarla). En realidad, todos los comentaristas honestos están de acuerdo en que no es tolerable, ni lo será jamás, que los beneficios de los bancos y las cajas se privaticen y se los embolsen los directivos (incluso los que aparentan trabajar para la beneficencia y la obra social) y, no obstante, cuando pintan bastos, socializan las pérdidas para hacérnoslas pagar a los pobres contribuyentes.
Como DICE John Gapper, los financieros son como los Borbones, que nunca aprenden nada y nunca olvidan nada. El sistema no puede seguir apoyado en la tácita garantía de que los grandes especuladores siempre serán rescatados por sus obedientes políticos a expensas del bolsillo esclavo del pueblo que paga tributos. Tal como ha dicho Gordon Brown, los banqueros no pueden volver a escena sin haber asumido que, si quieren seguir existiendo, deben cambiar su metodología de forma muy significativa.

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