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Un año nebuloso

30 desembre, 2009 - Opinió

José Asensi Sabater – Información.es
Dos mil nueve pasará a la historia como el año de la catarsis mundial. Tal vez sea más exacto decir “de la catarsis occidental”. No se trata sólo de constatar que el progreso sin fin del capitalismo ha hecho aguas: queda flotando en el aire la sospecha de que el estilo de vida que lo acompaña tiene por delante un futuro oscuro.
Es algo no fácil de asimilar. De ahí las reacciones de la sociedad norteamericana, y, en general, de las ricas y desarrolladas, que no terminan de interiorizar la terapia exigida por los quejidos del planeta, desoídos en la cita de Copenhague. Un mundo diferente asoma por el horizonte, sin una forma reconocible.
Este año la “gran recesión” ha ocupado el centro del escenario. Apenas se recuerdan los factores que la desencadenaron, aunque cala la sensación de que el “black hole” de la crisis seguirá tragándose las energías que se mueven a su alrededor, especialmente las de sectores débiles, de trabajadores y de buena parte de la clase media, que si bien nada tuvieron que ver en ello, sufren en carne propia la destrucción de sus medios de vida, junto con sus esperanzas.
El malestar, pues, ha ido en aumento. Crece la conciencia retrospectiva de que la fórmula de nuestros sistemas políticos -“libertad y democracia”- una fórmula éticamente elevada y por muchos motivos defendible, se ha desarrollado bajo un formato dañino, degradado. La libertad, entendida como libertad de los mercados, se convirtió en un ámbito sin reglas, especialmente atractivo para un capitalismo altamente especulativo; el sistema democrático, por su parte, en un espacio manejable por determinadas elites.
De manera que el año se cierra con críticas a las elites políticas y económicas, y a los partidos, los cuales se perciben como lejanos, si no ajenos, a los problemas que la gente tiene en la vida real a ras de tierra. Críticas probablemente nebulosas, aunque muy indicativas del despertar de una conciencia creciente que se opone, entre otras, a las siguientes cosas: a aceptar la existencia de paraísos fiscales. A dejarse seducir por la publicidad engañosa. A confiar el poder a personas sin escrúpulos. A ver como normal la concentración de los medios informativos en manos de grandes grupos económicos. A confundir felicidad con confort y amor con sexo. A admitir guerras por petróleo. Al maltrato de los animales que nos comemos, previamente engordados con hormonas. A considerar lógico e inevitable el trabajo forzoso de niños para abaratar precios. A considerar la competencia como ley de vida, pese a que genere infelicidad. A confiar en la industria farmacéutica y sus falacias. A creer que el sistema que tenemos es el mejor de los posibles. Al control indiscriminado de Internet, de los teléfonos móviles, y al espionaje masivo de que somos objeto. A que los partidos se nutran de lo peorcito de cada casa. A quedar noqueados con campañas catastrofistas del fin del mundo con el propósito de paralizar la voluntad de la gente. A tener que aceptar trabajos frustrantes, cuando los hay. A comulgar con ruedas de molino ante el diseño de nuevos enemigos y amenazas. Al maltrato de las mujeres. A considerar a los mayores como bultos y un largo etcétera.
Claro que hay mucha gente que prefiere pensar que todo esto son debilidades y fruslerías, y que nada se puede cambiar, ni falta que hace, mientras se disfrute de confort y de niveles aceptables de consumo.
Todo lo anterior es aplicable a España, que ha tenido su particular annus horribilis por las razones que todo el mundo conoce. Entre nosotros destaca tal vez lo siguiente: que sabiendo que la situación es difícil, o muy difícil, los partidos se afanan por quemar etapas para llegar a las elecciones, cada uno por su parte, para decirles a sus respectivos electorados lo que quieren oír. Un año nebuloso, pues.

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