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Una cosa es segura: nadie pondrá en cuestión el sistema económico en la cumbre del G-20

17 novembre, 2008 - Organismes internacionals

Elmar Altvater – Consejo Científico de ATTAC Alemania
Inveterado sueño de la humanidad: sacar buenos dineros de la mierda chorreante. Ocupó a los alquimistas medievales, que trataron de convertir “materiales innobles” en reluciente oro. El sueño ha cobrado en nuestros días la forma de un modelo de negocio de los moradores de la jungla financiera, cuyas innovaciones financieras tenían que proporcionarles réditos de ensueño, superiores al 25%. Los alquimistas fracasaron, y sin embargo, enriquecieron a la Corte de Dresde con “oro blanco” [la porcelana sajona; T.]. En cambio, los alquimistas financieros modernos no han dejado tras de sí otra cosa que bancos arruinados, cajas de ahorros esquilmadas y una “economía real” en ruinas.
En vez de hacer dinero, han quemado dinero. No les resulta doloroso, porque no era suyo, y las jugosas compensaciones de los “paracaídas de oro” les permiten un cómodo aterrizaje. Para enjugar las pérdidas privadas, los gobiernos y los bancos centrales de uno y otro lado del Atlántico han abierto las arcas públicas, disponiendo de más de 2 billones de dólares. Tan cicateros en otros asuntos, lo cierto es que esos gobiernos no tenían aquí otra alternativa, tras años de liberalización y desregulación de los mercados que dejaron a los actores privados un campo libre en el que practicar esos modelos de negocio de elevada rentabilidad. Hasta que todo se derrumbó.
Resulta moralmente estupefaciente que ahora se rescate a bancos y banqueros con transfusiones de centenares de miles de millones, cuando para los 923 millones de hambrientos registrados por la ONU apenas se dispone de mil millones. La debacle financiera promueve también el colapso moral en el mundo capitalista.
Aun si hay más en la crisis que la pérdida de obligaciones registradas como activos en los libros de los bancos y de las aseguradoras, la simple verdad es amarga: las obligaciones financieras que no pueden ser satisfechas, carecen de valor. Los billones de dólares y euros bombeados por la acción política en el sector financiero vienen, ciertamente, a cubrir el agujero de esa desvalorización, pero, a diferencia de los flujos de rédito de los tiempos “normales”, no añaden nada. Por eso no es de esperar que el sistema bancario sea capaz de devolver con sus beneficios futuros el dinero público recibido ahora. Las pérdidas han sido irrevocablemente socializadas.
La cuestión es la siguiente: ¿quién debe cargar con los costes de la acción de rescate global? El Estado, gracias al monopolio fiscal, es el único actor que todavía puede garantizar flujos de ingreso al sector financiero. Por eso hasta los neoliberales más encallecidos lo fían todo ahora al Estado. Lo que habría que inquirir entonces es con qué impuestos y con los medios de quién. Y salta, inevitable, la incómoda pregunta sobre la legitimidad de la redistribución billonaria por “los de arriba” y sobre su aceptación “por los de abajo”.
Sería posible financiar los paquetes de rescate mediante la inflación, con desvalorización de la moneda. ¿Vuelve, como en los años treinta, una carrera de devaluaciones en la que sólo hay perdedores? Los EEUU podrían sentir la tentación de seguir ese curso, sobre todo porque no sólo hay que distribuir los costes de la crisis financiera, sino que hay que reducir el gigantesco déficit presupuestario y de balanza de pagos. Pero China y otros países emergentes no tolerarán tan fácilmente la desvalorización de sus enormes reservas de divisas en dólares, y pondrán sobre la mesa sus fondos soberanos estatales, bien provistos de dólares. La UE, particularmente Alemania, a la vista de un dólar devaluado, tendrá que reestructurar sus estrategias exportadoras y fortalecer el mercado interior. Los cursos cambiarios alterados y las desplazadas corrientes comerciales constituyen los “canales” que comunican el sector financiero con la “economía real”.
Todo eso estará en el orden del día el 15 de noviembre en el cumbre del G-20 en Washington. La presión sobre la toma de decisiones es enorme, aunque sólo sea porque hay que legitimar los billones transferidos a los “codiciosos” banqueros. Cambiar las reglas de los mercados financieros es cosa que podría hacerse de un día para otro, si no fuera porque levantaría grandes conflictos de intereses al tocar el modelo de negocio de los grandes bancos. Aún menos imaginable resulta que una institución tan desacreditada como el FMI venga a desempeñar ahora un papel en la reforma. ¿De cuantos desbarajustes causantes de hambre y deuda en un sinnúmero de países es responsable el FMI? Sin la previa reforma de esta institución, no habrá reforma de la arquitectura financiera internacional. Sería poco menos que un milagro que George Bush y, en 100 días, Barack Obama aceptaran una reforma del FMI a costa de los EEUU.
Sin embargo, el “complejo Wall Street / Casa Blanca” no logrará, como en el pasado, sofocar todo intento de regulación de las instituciones financieras. Una cosa logrará la unanimidad de los reunidos en el G-20: tratarán de impedir que se plantee la cuestión que, desde el desplome del socialismo realmente existente, ha venido despachándose con la estólida fórmula: “no hay alternativa”.
Artículo publicado en la revista Sin Permiso.

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