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Una pronta recuperación: ¿ficción o realidad?

26 juliol, 2009 - Crisi sistémica

Paul A. SamuelsonEl País
Hay un cuento de un muchacho que solía gritar “que viene el lobo” cuando en realidad no había un lobo. Al final, el chico gritó “que viene el lobo” cuando de hecho había un lobo feroz, pero nadie le hizo caso.
Desde que empezó la crisis mundial en 2007, los expertos de Wall Street y el Gobierno han estado proclamando con alegre optimismo que se producirá una recuperación mundial significativa en la segunda mitad de 2009 o en el primer trimestre de 2010. Por consiguiente, como en épocas anteriores, nos dicen que sólo debemos temer al miedo.
Pues bien, ya hemos entrado en la segunda mitad de 2009. Sí, y el desempleo sigue aumentando, al igual que las quiebras y las ejecuciones hipotecarias. A pesar de las admirables operaciones de rescate del equipo de Obama, el Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo, se mantiene el círculo vicioso de consumidores e inversores demasiado asustados para gastar. El desempleo seguirá empeorando y la baja tasa de crecimiento del PIB persistirá.
Es racional que un banco rescatado tenga miedo de conceder préstamos arriesgados. (En tiempos de recesión grave, casi todas las operaciones les parecen arriesgadas a los banqueros racionales). ¿Por qué no pueden los bancos centrales ortodoxos impedir que se aceleren las recesiones? Pronto los activos oficiales a plazo más corto experimentan rendimientos cercanos a cero, y con esos tipos todo el mundo se paraliza y se convierte en un acaparador.
Los macroeconomistas que estudiaron en las décadas de 1970 y 1980 en las elitistas Harvard, Chicago, Princeton, Stanford y MIT tardaron en comprender lo obvio. ¡Viejos excéntricos de 94 años podían enseñarles más acerca de la “economía del desequilibrio”!
Cuando unos cuantos advertimos, ya en la primavera de 2007, que una recuperación significativa podría retrasarse años, éramos sólo una minoría de lunáticos.
Sí, Japón podía experimentar una década perdida, pero los ingenieros financieros académicos supuestamente habían creado para Occidente nuevas herramientas de medición del riesgo que permitían ampliarlo y controlarlo. Los listos no tendríamos décadas perdidas.
Hermosa fábula. Sí, esas herramientas de ingeniería financiera, inventada por gente de instituciones como el MIT, Chicago y la Wharton School, podrían haber tenido una función útil. Pero si sustituimos la ficción por hechos, jamás conocerán a un consejero delegado que entendiera de verdad estas endemoniadas herramientas nuevas.
En lugar de controlar el riesgo, las nuevas herramientas -permutas financieras, opciones de compra y de venta, paquetes titulizados de préstamos hipotecarios- en la forma de inversión financiera no reglamentada que se dio durante el mandato de Bush eliminaron de hecho toda transparencia y fomentaron un peligroso hiperendeudamiento. Resultado: un sistema financiero ultrafrágil, tendente a los desplomes y a las crisis mundiales que hemos visto en 2007-2009.
El ingenioso secretario del Tesoro de Obama, Timothy Geithner, anuncia que las ayudas públicas ya están funcionando y que podemos prever una recuperación inminente, aunque necesitamos un poco de paciencia. Se equivoca. El rescate del necesario gasto sostenido en la economía real apenas ha comenzado. Sin eso, como descubrió el New Deal en la década de 1930, la recuperación es imposible.
Sí, de no haber sido por las masivas ayudas de Geithner y Bernanke, a estas alturas podrían correr ríos de sangre por las calles estadounidenses. ¿Pero ha hablado algún miembro del maravilloso equipo económico de Obama día y noche sobre la necesidad de enviar dinero a la economía real para fomentar el gasto y el regasto sostenido? No.
Paradójicamente, China, un país despótico con un solo partido, nos ganará a todos a la hora de lograr una recuperación macroeconómica significativa porque no para de acumular nuevo gasto deficitario.
Cuando empecé de adolescente los estudios de posgrado en la Chicago Midway, en 1932, era la peor época de la depresión posterior a 1929. El presidente republicano Herbert Hoover y su multimillonario secretario del Tesoro, Andrew Mellon, con su agarrotado inactivismo, perdieron casi dos años tras el desplome de Wall Street en 1929, un retraso lo suficientemente grande como para provocar quiebras bancarias autogeneradas y un drástico aumento del desempleo.
Los actuales especialistas en macroeconomía estaban poco preparados para evitar las catástrofes posteriores a 2006. Mientras parloteaban sobre transparencia y control de la inflación, no veían que Roma empezaba a arder. Sus libros de texto, ya fuesen de introducción o de macroeconomía avanzada, no hablaban de “trampas de liquidez” ni de “paradojas del ahorro”, por las cuales el intento de los ciudadanos y de las empresas de ahorrar más sólo sirve para matar el gasto en la economía real, en lugar de aumentarlo.
Lo que más cuenta es proporcionar fondos sostenidos a quienes estén dispuestos a gastarlos. Ahora, en el segundo semestre de 2009, es demasiado tarde para empezar a gastar en proyectos de infraestructuras de ejecución inmediata. Estados y municipios necesitan ayuda para cubrir sus necesidades presupuestarias y tardan tiempo en alcanzar un acuerdo legislativo sobre la manera de afrontar el déficit y de gastar los fondos de estímulo del Gobierno central. Los Estados con problemas gastarán todo lo que se les dé.
Por tanto, olvidemos esas prometedoras afirmaciones de que de aquí a pocos meses se producirá una recuperación significativa.
El difunto Charles Kindleberger, experto en manías y crisis financieras, reiteraba la insistencia del victoriano Walter Bagehot en que todo sistema capitalista necesita un “prestamista de último recurso”. Si viviera hoy, el profesor Kindleberger insistiría en que también necesita un “gastador de último recurso”: el Gobierno.
Los congresistas republicanos no entienden estos principios básicos, como tampoco los entienden unos cuantos demócratas del Congreso. Los retrasos son crucialmente mortales ahora que la recesión empieza a autorreproducirse al estilo gallina-huevo-gallina.
Sólo Obama tiene carisma y popularidad para insistir en el significativo gasto deficitario nuevo y sostenido que se necesita. Sí, gasto deficitario.
Hizo falta la astucia y la elocuencia de Franklin Roosevelt para mover las cosas y mantener la recuperación del New Deal. El aborrecible dictador Adolf Hitler, empeñado en llevar a cabo una futura guerra de venganza, usó de manera similar el gasto deficitario para recuperar el pleno empleo en Alemania en 1939. Esperemos que las democracias del siglo XXI alcancen pronto los acuerdos necesarios para restaurar la cordura económica.

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