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Venezuela después de las elecciones

3 octubre, 2010 - Amèrica Llatina


Carlos Iaquinandi CastroRedacción de SERPAL
En mi pueblo los hombres
han tomado partido,
algunos por la vida
otros, contra ellos mismos.
Pero la tierra agreste
va pariendo el camino
en que todos los pasos
lleven un solo ritmo.
Alí Primera
(Venezuela, 1942-1985)
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Estimados amigos,

Las elecciones parlamentarias en Venezuela han tenido un contexto diferente a las anteriores (2005) en las que la oposición política apostó a una abstención táctica con el propósito de “aislar” a la dictadura. Se equivocó: los comicios fueron normales y tuvieron pleno reconocimiento internacional. Ese error de cálculo de la oposición dejó al gobierno bolivariano un cómodo control parlamentario para aprobar sus propuestas legislativas. En esta ocasión, las condiciones han sido más complejas y también lo es el análisis de los resultados.

La prensa “seria”, grandes diarios y agencias, se han apresurado por enésima vez a proclamar el “fracaso” del chavismo, aunque ahora con la cautela de afirmar que es el comienzo de un proceso y el final está por llegar.

Por su parte, los incondicionales del gobierno bolivariano y de su líder indiscutible, minimizan el significado electoral de la oposición y lo que es peor, minimizan también el haber conseguido su objetivo coyuntural de “juntar” todos los votos contrarios a Chávez. Y persisten en actitudes que alientan la polarización y cortan toda posibilidad de ampliar la base social del PSUV y sus aliados.

Creemos que todo ello obliga a un análisis más pormenorizado que evite alinearse en los polarizados análisis que solo ven -o quieren ver- una parte de la realidad.

Insistimos – como siempre lo hacemos en SERPAL – en que si queremos que la información sea una herramienta útil, no debe convertirse en panfletaria o propagandística.

Eso es lo que intentamos en esta nota sobre las elecciones parlamentarias venezolanas.
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Partidarios y opositores del presidente Chávez han valorado los resultados de las elecciones parlamentarias como triunfo propio y derrota del adversario. Ambos tienen parte de razón, pero ninguno de ellos puede corroborar al ciento por ciento esa afirmación. Vamos por partes.
En primer lugar, los comicios realizados el domingo no han tenido objeciones de ningún tipo. Ni la oposición ni los observadores internacionales han cuestionado la transparencia y el rigor de los sistemas informáticos que fueron utilizados. Como dijo un observador chileno, “ya querrían otros países –incluyendo algunos europeos- realizar unos comicios con este nivel de participación y con esta organización electoral.” Lo cierto es que casi el 70 por ciento de la población concurrió a votar, en un país donde el sufragio no es obligatorio. Es cierto que la participación de una oposición a Chávez unificada en la sigla Mesa de Unidad Democrática, fue un aliciente para implicarse en la confrontación electoral. La polarización fue muy alta, y los resultados variaron radicalmente según las regiones. Hay estados donde la oposición ganó por amplia mayoría, y otros donde se impuso claramente el Partido Socialista Unido de Venezuela, la coalición que respalda al gobierno bolivariano. A falta de una confirmación oficial, los parlamentarios “chavistas” ganaron en 18 de los 24 estados del país, logrando una cómoda mayoría simple. Obtuvieron 98 diputados en la Asamblea Nacional, mientras que la oposición unida obtuvo 65.
La vigente Ley de Procesos Electorales de Venezuela, establece un sistema mixto para la elección de los integrantes de la Asamblea Nacional: uno de personalización del sufragio para los cargos nominales (se vota una persona con nombre y apellido) y otro de representación proporcional para los cargos de lista (lista cerrada). Se eligen 110 cargos nominales, 51 por lista y 3 diputaciones indígenas. En número de votos, el PSUV obtuvo en cifras totales una ventaja de 100.000 votos sobre la Mesa de Unidad Democrática, pero la distribución de los circuitos electorales por dimensión territorial y número de habitantes, y la elección nominal y por lista determinó la ventaja amplia de representantes del movimiento bolivariano que encabeza el presidente Chávez. Según las cifras oficiales presentadas por el Consejo Nacional Electoral el PSUV obtuvo 5.422.000 votos, mientras que la alianza opositora sumó 5.320.175.

“Que sigan ganando así”
La prensa –que en su gran mayoría responde a intereses de fuertes grupos económicos opositores al gobierno – proclamaron en sus titulares el “fracaso” electoral de Chávez, por no haber alcanzado el proclamado objetivo de mantener una mayoría absoluta: 110 de los 165 diputados. El presidente, que demoró varias horas sus primeras declaraciones post electorales, calificó los resultados como “una sólida victoria”. Luego, como es habitual, apeló a su estilo socarrón para desmerecer los 65 diputados obtenidos por la oposición al afirmar irónicamente: “que sigan ganando de esta forma”. En realidad, pocos mandatarios hay en Palatina y en el mundo que puedan mostrar una ratificación casi anual en las urnas. Chávez ha ganado sus primeras elecciones en diciembre de 1998, y desde entonces ha sido refrendado en varias oportunidades, en algunos casos superando el caudal de votos obtenido inicialmente. Logró que se aprobara una constitución que implica profundas reformas políticas y sociales, mejorando las condiciones de vida y las posibilidades de amplios sectores de población urbana y rural. Se han implementado significativos avances en materia educativa y sanitaria. En las elecciones del 2005 los principales grupos opositores convocaron a no votar, con la expectativa de “aislar” a Chávez y ratificar sus calificativos de “dictadura” contra el actual gobierno venezolano. Fue un error, porque las elecciones fueron limpias, reconocidas internacionalmente y el Movimiento Quinta República (antecesor del Partido Socialista Unido de Venezuela) obtuvo entonces 114 diputados, y el resto se lo repartieron distintas agrupaciones menores, algunas de ellas aliadas o muy próximas a Chávez. Eso le permitió gobernar y legislar sin dificultades. Ahora la nueva correlación de fuerzas en el parlamento, impedirá una aprobación automática de leyes fundamentales (llamadas “orgánicas”) así como la designación de magistrados del Tribunal Supremo, autoridades electorales, fiscal y contralor. Para ello el presidente necesitaba el consenso de al menos 110 diputados. Pero de todas formas, mantiene una holgada mayoría simple. El recambio en el Parlamento se producirá recién en enero, por lo cual Chávez puede –además – aprovechar los próximos tres meses para sancionar aquellas herramientas legislativas que le resulten indispensables para desarrollar aspectos fundamentales de su programa. Más tarde, la oposición con sus 65 diputados tampoco tendrá fuerza real para deshacer esa estructura legal.
Desmerece, que algo queda.
Miembros de la oposición, pero más aún la prensa y los sectores políticos y empresariales desplazados por el gobierno bolivariano, han querido desmerecer la mayoría parlamentaria de Chávez afirmando que es producto de un diseño “a su medida” del sistema electoral. En realidad, ese sistema que describimos más arriba, combina dos formas utilizadas en todos los países del mundo. Y su aplicación da diferentes resultados. Por caso el estado de Zulia. En esa región del noreste venezolano, gobernada por la oposición, se eligieron 15 diputados, 12 por el sistema de lista y 3 nominales. Y la distribución adjudicada fue de 10 para la coalición opositora, y 2 para el Partido Socialista Unificado en los de lista, y de 2 para el PSUV y 1 para la oposición en los nominales. En votos, la relación fue de 54,8% para la oposición y 44,44% para el oficialismo.
Sin embargo, la oposición se adjudicó 12 de los 15 escaños en disputa. En el municipio Libertador, de Caracas-capital, se elegían 7 nominales y 3 por lista. Seis de los siete candidatos del PSUV se alzaron con la victoria, y uno solo de los candidatos opositores postulados con nombre y apellido alcanzó los votos necesarios para un escaño. No obstante, la oposición en ese municipio obtuvo 800 votos más que el PSUV sobre aproximadamente un millón de votantes. Pero esa pequeña diferencia (de siete décimas porcentuales) le permitió a la oposición obtener 2 de los 3 cargos por lista, cuya adjudicación, a diferencia del voto nominal, sí depende de la proporcionalidad. Valgan estos dos ejemplos, a pesar de su complejidad, para desmontar la campaña esgrimida por los sectores internos y externos mas recalcitrantes en su empeño de “tumbar” a Chávez sea como sea.

La precaria unidad de la oposición
En realidad, la trascendencia de estos comicios no reside tanto en como queda ahora el parlamento, sino que perspectivas pueden esperarse con vistas a la elección presidencial del 2012 en la que Chávez constitucionalmente puede aspirar a un nuevo período. En tal sentido, hay que tener en cuenta que la denominada Mesa de Unidad Democrática, fue un acuerdo coyuntural, difícil y alcanzado “in-extremis” por fuerzas políticas ideológicamente muy distantes entre sí con el único objetivo inmediato de quitar espacio a Chávez. Pero resulta muy difícil imaginar que puedan coincidir en un programa de gobierno. El MUD es ahora un saco donde conviven partidos derechistas, corrientes que se autodefinen de izquierda, grupos de centro, disidentes del chavismo y residuos de los partidos tradicionales, la democracia cristiana (COPEI) y los socialdemócratas (AD). El pegamento que les une es su rechazo –en algunos casos radical – al gobierno de Chávez.
Habrá que ver si en los dos años que restan hasta las presidenciales, los opositores son capaces de articular una coalición que pueda consensuar un programa, y donde sus miembros puedan coincidir en un candidato común. Mientras tanto, el movimiento bolivariano que lidera Chávez tendrá que intentar ampliar su base social y revisar y corregir fallos que muchas veces le señalan sus propios militantes y partidarios. Las políticas excluyentes no parecen el mejor camino para evitar que su posible reelección se convierta en un referéndum donde a sus detractores solo les sea necesario expresar su oposición a Chávez. Eso les resultaría mucho más fácil que mostrar un ideario común o un proyecto serio y viable de país mejor para todos.

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