Carta anònima a Salvador Martinez

Buenos días Salva,

Vine de la península hace un año y pico, y fuiste de las primeras personas que conocí en Palma. Venía desencantado de los movimientos sociales. Desencantado y hastiado… pero gracias a mi pareja y a dos cañas contigo, encontré de nuevo esa gasolina que circula por la gente que se revuelve cuando ve injusticias. Ese petróleo nunca se agota.

No puedo hacerte un panegírico a tu altura. No lo pretendo y no te llegué a conocer tan bien para ello. Pero cuando me han dado la noticia, he comido, me he echado la siesta (ahí sé que coincidíamos) y me he levantado llorando. Por eso me he animado a escribir estas líneas. Sé que no llegarán a casi nadie. Sé que no cambiarán nada… pero ¿qué es el activismo sino seguir adelante cuando todo tu ser te indica que no llegarás a cambiar nada?

Dejas atrás a una mujer valiente y unos seguidores desconcertados. Seguidores, sí, pero no de Facebook. Cuando ves a alguien ponerse el primero para hacer las cosas, la gente le sigue porque sabe que no ha pedido nada a cambio, porque es genuino, porque es ejemplarizante. En el poco tiempo que te conocí, me recordaste cuál es la diferencia entre esa parte del mundo que se mueve por interés y eso otra parte, minúscula, que se mueve por justicia social, por empatía, por humanidad.

Dejas huérfana a Mallorca, en concreto a Palma. Cuando llegué aquí me sorprendió la cantidad de gente movilizada, activada. Cuando pude hablar contigo, de esa forma que se podía hablar contigo, escuchando y haciéndose oír, me pareció que había un nivel muy alto en la isla. Ahora nos dejas solos, como para comprobar nuestra responsabilidad, nuestro compromiso, nuestra capacidad de reacción… ahora nos toca meditar a cada una qué es lo que debemos hacer, ver si somos capaces de tener ese compromiso que tú demostraste… o agacharnos y dormir el sueño de los borregos, el sueño de la complacencia, el sueño que nos venden todos los días.

Me sigue encantando la parte de tu discurso que mostrabas con naturalidad. Esa que pretendía convencer y probar; la dialéctica griega, esa parte de la conversación y el diálogo que busca la verdad. Con esa naturalidad denunciabas situaciones incomprensibles, injustas. Pero no las vendías como grandes gestas, la vendías con cotidianidad, como quien ha tenido una avería en el lavabo y tiene que arreglarla… no queda otra.

Mi miedo es tu ausencia. ¿De donde sacamos gente como tú? La he visto, sin duda alguna, pero ahora vendrá la desgana, la pena, la vacilación. Dejaste un montón de gente inoculada de tu activismo y eso me devuelve un poco de ilusión: tu eterna sonrisa (nunca te vi enfadado) tu comprensión de la realidad social que te rodeaba… sé que habrá mucha gente que recogerá la antorcha que tu prendiste.

Me hubiera encantado haber hecho este texto en mallorquín, pero todavía no lo domino lo suficiente, y no pienso recurrir al traductor de Google.

Descansa en paz, aquí nos dejas un poco solos, pero no es culpa tuya.

Un amigo.

Scroll al inicio