Paco Cantero (10.03.2026)
Coordinador de ATTAC Madrid y Futuro Alternativo
Artículo original publicado en «Espacio Público», acceso a la sección de «Debates Abiertos»: espacio-publico.com/tras-el-vendaval-trumpista
El mundo no está asistiendo a una serie de conflictos aislados por caprichos territoriales o diferencias religiosas, ni tan siquiera para llevar la democracia a determinados países. Lo que vemos en las estepas de Ucrania, en las costas de Gaza, en el Golfo Pérsico y en las crecientes tensiones en el Estrecho de Taiwán no son más que los síntomas de una enfermedad mucho más profunda: el colapso sistémico del modelo financiero de Occidente. Mientras los medios de comunicación nos saturan con narrativas de “buenos contra malos”, en los despachos de la City de Londres y en las plantas nobles de los grandes fondos de inversión se libra una batalla mucho más fría: la lucha por la supervivencia de un sistema de deuda que ya no puede sostenerse por medios pacíficos.
La trampa de los 2,4 billones: El monstruo bajo la cama
Para entender por qué el tambor de guerra suena con fuerza en 2026, debemos dejar de mirar los mapas y empezar a mirar los balances. Se estima que el volumen de derivados financieros (esos complejos instrumentos de apuesta y cobertura que sostienen la banca global) ha alcanzado una cifra mareante: 1.000 billones de dólares en valor nocional, de los cuales, 2,4 billones es una cifra que se maneja en círculos de inteligencia financiera como riesgo de exposición crediticia bruta, es decir, representa el valor real de los contratos que están “en pérdida” y que no tienen garantía suficiente para cubrirse. Es el dinero que desaparecería del sistema si las contrapartes (bancos, fondos) no pudieran pagar sus apuestas mañana mismo.
Este castillo de naipes financiero, construido durante décadas de emisión de moneda sin respaldo y tipos de interés artificiales, está al borde de la implosión. Cuando la deuda ya no se puede pagar y los derivados amenazan con devorar a los bancos que los emitieron, las élites financieras solo tienen dos opciones: aceptar un colapso que les despojaría de su poder, o pulsar el botón de “reinicio” a través de una economía de guerra masiva. La guerra no solo justifica la inflación galopante y la escasez; permite el impago de deudas bajo el pretexto de la “emergencia nacional” y, lo más importante, destruye el capital sobrante para comenzar un nuevo ciclo de préstamos para la reconstrucción.
El eje City-Wall Street y la herencia del poder
No es ninguna coincidencia que la política exterior de Washington y Londres parezca diseñada para buscar el conflicto sistémico. Muchos analistas apuntan a que el núcleo de poder real no reside en los Parlamentos, sino en una red transnacional de intereses financieros con raíces históricas muy específicas. Hablamos de una élite sionista que algunos investigadores vinculan genética y estratégicamente con estructuras de poder ancestrales, cuya habilidad para manejar el comercio y el crédito se ha refinado durante siglos hasta mutar en la actual City de Londres.

BRICS, alternativa multilateralista (Composición de imágenes de Pexels.com)
Esta élite, que opera por encima de los Estados-nación, ve con terror el surgimiento de un mundo multipolar. El bloque BRICS+, liderado por Rusia y China, no es una amenaza militar en el sentido tradicional; es una amenaza existencial para el dominio del dólar y el euro. Al proponer sistemas de pagos alternativos y monedas respaldadas por materias primas (oro, petróleo, gas), están cortando el suministro de oxígeno de un Occidente que solo sabe producir moneda y deuda. Por eso, cualquier intento de paz, como el que se vislumbró en las reuniones de Estambul en 2022, es sistemáticamente boicoteado por figuras enviadas desde Londres o Washington. La paz es el peor enemigo del acreedor que necesita una guerra para cuadrar sus libros.
Ucrania y el Maidán: El laboratorio de la provocación
Para que haya guerra, debe haber un “agresor” y una “provocación”. Los eventos del Maidán en 2014 son el ejemplo perfecto de manual sobre como los servicios secretos occidentales pueden descarrilar la soberanía de un país para convertirlo en un ariete geopolítico. La narrativa oficial nos vendió una “lucha contra la corrupción”, pero la realidad de 2026 nos muestra una Ucrania donde la corrupción es más sistémica que nunca, donde el patrimonio público está siendo transferido a precio de saldo a gigantes como BlackRock, y donde una generación entera de jóvenes está siendo sacrificada en nombre de una expansión de la OTAN que el Kremlin siempre advirtió que sería su “línea roja”.

Ucrania en ruinas. Foto de Ales Ustinov (Pexels.com)
¿Fue Rusia la que avanzó hacia las fronteras de Occidente, o fue la maquinaria militar de la OTAN la que, ignorando todas las promesas de la posguerra fría, se plantó en el patio trasero de Moscú? La respuesta es evidente para quien no esté cegado por la propaganda. Occidente no buscaba la democracia en Ucrania; buscaba un conflicto de desgaste que desangraría a Rusia y justificara el rearme europeo, manteniendo a la UE bajo la bota del complejo militar-industrial estadounidense.
El doble rasero en Oriente Próximo
La misma lógica se aplica a la actual carnicería en Oriente Próximo. Mientras el Gobierno español, en un acertadísimo gesto de autonomía (al contrario que el lamentable posicionamiento de la oposición), se niega a prestar sus bases para atacar a Irán o participar en operaciones de dudosa legalidad internacional, el núcleo duro de las potencias occidentales sigue lamiendo las botas de una administración israelí que parece decidida a incendiar la región.
¿Por qué este apoyo incondicional a pesar de la evidencia de crímenes de guerra? Porque el conflicto en Oriente Próximo es el otro gran pilar que sostiene el control de las rutas energéticas y el sistema de petrodólares, Si Irán y sus aliados logran consolidar una hegemonía regional fuera del control financiero de la City, el sistema financiero occidental perdería uno de sus últimos puntos de apoyo.
Europa: De proyecto de paz a vasallo financiero
La tragedia final de esta situación es la propia Unión Europea. Lo que nació como un sueño para evitar la guerra en el continente se ha convertido en un ente tecnocrático al servicio de los mercados. La soberanía de los países europeos ha sido secuestrada por una Comisión Europea que actúa más como un consejo de administración de una multinacional que como un gobierno democrático.

Gobernados por los algoritmos de riesgo. Foto de Arturo Añez (Pexels.com)
La UE necesita un cambio de “arriba a abajo”. No se puede pretender hablar de valores democráticos mientras se financia la guerra, se cierran los ojos ante el genocidio por intereses estratégicos y se entrega a la gestión de los fondos de recuperación a los mismos bancos que provocaron la crisis. La “agresividad” de otros actores es a menudo la respuesta desesperada de quien se siente acorralado por un sistema financiero que no permite la disidencia.
El despertar del ciudadano
Estamos ante una encrucijada histórica. O aceptamos que el destino del mundo siga siendo dictado por los algoritmos de riesgo de los fondos de inversión y los intereses de una élite financiera que no tiene patria, o recuperamos la soberanía política.
Occidente no es el “faro de la democracia” que dice ser mientras sigue utilizando el chantaje financiero y la provocación militar para sostener un sistema quebrado. La verdadera culpabilidad de la situación mundial actual reside en aquellos que, desde sus torres de cristal en la City y Wall Street, han decidido que la vida humana es un coste aceptable para mantener su hegemonía crediticia. Es hora de dejar de lamer las botas de quienes nos llevan al abismo y empezar a exigir una Europa y un mundo donde el ser humano esté por encima del derivado financiero.